martes, 3 de octubre de 2017

Un septiembre atroz: ¿es esto una guerra civil?



Resultado de imagen para esqueletos con armasEl saldo de víctimas mortales para el mes de septiembre no debería extrañarnos en un país para el que se va haciendo usual encontrarse estos datos. Sin embargo, por un lado debería siempre molestarnos porque nunca deberíamos acostumbrarnos a ello. Es más, deberíamos asustarnos aunque hubiese una sola víctima mortal… pero estamos lejos de ello.
Por otro lado, es el punto que quiero comentar, acontece en el horizonte de una estrategia específica para enfrentar la violencia y la delincuencia según la cual, las cosas debería irse calmando. Pero no es así. Las estrategias manoduristas y de exterminio que parecen privar en el país, tanto desde el estado como desde la sociedad civil (hay que decirlo: mucha gente, incluso o quizá sobre todo ilustrada cree en las políticos de exterminio… ya con ello nos diferenciamos poco de aquellos europeos de mitad del siglo pasado que creyeron en la endlösung). Cuando las cosas parecía que iban a a mejorar, empeoran. Ni siquiera las tanquetas que desfilaron por San Salvador pudieron aminorar el impacto de sangre. Deberíamos poder concluir que las estrategias violentas para sobreponerse a la violencia y el delito, no son efectivas, por mucho que fascinen a políticos y amantes de las armas.
Atribuir el asunto a pugnas internas entre este o aquel grupo de las maras o pandillas, realmente no corresponde  al más inteligente de los análisis. Si la estrategia implementada venía dando resultado (o tendríamos que decir de entrada es un fracaso), entonces con tantos pandilleros muertos en enfrentamientos, con tantos cabecillas capturados en redadas masivas, ¿no deberían estar diezmadas las pandillas? ¿Por qué sigue habiendo tanto muerto? ¿Por qué, además, siguen habiendo muertos que no son pandilleros, sino familiares de un u otro lado? La conclusiones es que simplemente las cosas se van saliendo de su curso y las estrategias no van siendo efectivas. Debería ser tiempo de implementar salidas alternativas.
Se establece un paralelo: operativo tras operativo del Ejército sobre el Cerro Guazapa y las fuerzas guerrilleras pervivieron de tal manera que hicieron fuerte presencia en noviembre de 1989. Quiero decir con esto: el discurso gubernamental, como antaño, no debería inventarse sus propias historias y además creérselas.
Y con todo hay que decir que no se trata nuestra situación, en sentido estricto, de una guerra civil. Tiene cierta apariencia de ello, pero no lo es. Las guerras civiles, suponen un enfrentamiento con banderas políticas e ideológicas que normalmente divide a la sociedad en dos, de arriba abajo, construyendo bloques más o menos inter-clase. Nuestra situación es distinta: no divide la sociedad en dos de arriba abajo, sino más o menos traza una línea de división a nivel de clase media, haciendo esta una guerra contra los excluidos. El sistema económico social, basado en un modelo neoliberal comenzó a excluir: sacó gente del país, sacó gente del sistema de salud, saco gente del sistema educativo, sacó gente del sistema laboral … pretendió recluirlos en algunas zonas precarias (asentamientos precarios urbanos, como dicen los especialistas)… por supuesto la zona rural se convirtió en una zona precaria (recordemos el abandono de la agricultura convirtiendo en una ocupación infame) y progresivamente llenó territorios de exclusión – reclusión por excelencia: el sistema de cárceles (y fue tan bueno el boom que hasta se comenzó a hacer negocio con ello).
Es ese contexto precisamente que creó condiciones para que aparecieran formas anómalas de organización social que reclamaban su espacio en la sociedad (todo lo indebido que se quiera, pero sigue siendo reclamo) y que reivindicaban respeto de manera violenta y contestataria si se quiere, pero sigue siendo reivindicación, frente a la dinámica de exclusión. Por eso es una guerra contra los excluidos, una guerra que han ensayado a terminar la derecha y la izquierda, con resultados horribles. Pero que también nosotros “civiles” hemos sostenido… y si quizá no hemos aplaudido, hemos respaldado con nuestro silencio. Y quizá lo peor de todo: hemos puesto a matarse pobres contra pobres… unos más excluidos que otros, pero pobres al final.
Ciertamente es una guerra. A ver si somos capaces de encontrar una salida dignificante. Ya lo hicimos en 1992. Vamos a ver si hemos aprendido algo.