miércoles, 28 de septiembre de 2016

El largo y sinuoso camino hacia la paz



Resultado de imagen para long winding road            Parafrasear la famosa canción de los Beatles en el horizonte de la celebración del día internacional por la paz que se celebra el 21 de septiembre según declaración de las Naciones Unidas, nos permite entender los desafíos y dificultades que supone caminar por el sendero de la paz y hacia la paz.
            En primer lugar recordar que la paz es mucho más que la mera ausencia de guerra. La paz supone todos los medios a favor de la vida del ser humano. Ambrosio de Milán decía que la “gloria de Dios es que el hombre viva”; monseñor Romero lo tradujo a “la gloria de Dios es que el pobre viva”, lo cual nos parece una acertada aproximación a lo que debe ser el parámetro fundamental para la paz: ahí donde la vida del pobre se dignifica, nos acercamos a la paz. En una palabra: relaciones justas.
            En segundo lugar, se trata de eliminar el “mal absoluto”; en palabras de la Declaración de Paz 2014 de la ciudad de Hiroshima, para ello “hay que trascender la nacionalidad, raza, religión y otras diferencias, valorar las relaciones de persona a persona y construir un mundo que permita el diálogo con miras hacia el futuro”. No avanzaremos en la eliminación del “mal absoluto” sin escucharnos desde las diferencias, desde el contraargumento, desde la crítica, desde el desacuerdo. Esto vale tanto para Palestina e Israel, como para Colombia, como para nuestro propio país.
            En tercer lugar, este “mal absoluto”,  se muestra hoy como exclusión. Una exclusión crónica que ha dado lugar a la violencia con la que hoy convivimos, y que tiene su máxima expresión en una exclusión económica y social que obliga a marcharse lejos para encontrar el futuro que aquí no se encuentra.
            La violencia no es un fenómeno reciente. Ni siquiera de la guerra ni posguerra. En realidad, podemos encontrar atrocidades similares a los actuales decenios años atrás. Reciente es la toma de conciencia de su problemática y de su impacto. Lastimosamente en los últimos diez, quince o veinte años no hemos sido capaces de atinar poco (o en nada) a la reducción de la violencia. Debería ser este un lapso de tiempo suficientemente largo como para caer en la cuenta que ciertas modalidades de prevención ensayadas  como programas deportivos, programas de entretenimiento, manodurismo, etc. no son por sí solos efectivos frente a la violencia.
            En este sentido, tenemos un urgente necesidad de revisar los presupuestos que subyacen a las políticas, programas y proyectos de prevención de la violencia puesto que no podemos seguir por los caminos trillados del fracaso de los planes de prevención. En este sentido, debemos expandir nuestra visión de la violencia como una problemática delictiva, hacia una visión más apegada a la realidad como una problemática social que requiere respuestas sociales. Que la violencia tiene su raíz en la exclusión en cuanto produce humillación.
            Inclusión es lo opuesto a la exclusión, aunque su sentido no termina de captar la necesidad histórica requerida para superar este “mal absoluto”. Por eso en sí mismo, la inclusión es punto de partida para alcanzar la paz. Hemos de llegar a generar procesos económicos inclusivos; dinámicas económicas que reporten trabajo digno para todas y todos. Aquí la lógica de la inclusión no puede significar nunca cuidar primero mi bolsillo, especialmente si está lleno, sino más bien como garantizamos la vida de los más pobres del país, de lo que hoy sean lo que Ellacuría llamaba “mayorías populares”.
            La realidad muestra las dificultades concretas que supone este largo y sinuoso camino hacia la paz fundamentalmente porque aparecen voces fatuas que, incluso hablando hipócritamente en nombre de la paz, erigen monumentos a la exclusión con sus sus discursos sobre la economía, la política, la seguridad y la sociedad.
            Ahí donde podamos discutir las diferencias si violencia y optar primariamente por el bienestar de las mayorías populares, nos estaremos acercando a la paz.

lunes, 26 de septiembre de 2016

¿La economía es cuestión de números y no se habla de corazón?

"Lázaro esperando a la puerta del rico" (Fresco románico)
El pasado 23 de septiembre un periódico digital publicó una breve nota en la que un connotado y próspero empresario encaraba al arzobispo de San Salvador en el asunto del salario mínimo. El señor empresario publicó en su twitter: "el señor arzobispo habla con el corazón,  la economía es de números". Aunque en el mundo y en El Salvador la insensatez es deporte cotidiano, lo vertido en esta breve frase hace casi imposible frenarse para comentarla... al mismo tiempo debo decir que me ha llamado la atención la escasa reacción a la frase tanto de parte de político y economistas, como de gente y personajes eclesiales. Quizá ven que no vale la pena comentar semejante declaración... pero espero que no sea porque están de acuerdo con ella.
Se dice que San Jerónimo proclamó, probablemente en un sermón, que todo rico o es ladrón o heredero de ladrones (otras versiones sustituyen "ladrón" por "injusto"). Este es el marco en el que al menos eclesialmente debe analizarse el asunto. Claro, sin perder de vista otros textos evangélicos como el de Lázaro y Epulón, así como el desafío del camello y la aguja...
Por situarse en este mundo rico, probablemente no se entiende que se hable con el corazón y que sólo se entienda los números. Pero, si no se habla con el corazón ¿cómo es que se habla? Lo que la frase pareciese decir es que es inapropiado hablar con el corazón, especialmente cuando se habla de economía... ¿es acaso no sabe el señor empresario que el sudor es una instancia fundamental del trabajo que es la  fuente de riqueza? Bueno, por supuesto, en una visión estrecha neoliberal lo que produce riqueza es la inteligencia del empresario y el capital mismo, perdiendo de vista que, sin necesidad de invocar al patriarca Karl, es la fuerza y sudor del trabajador y el empleado el motor de la economía. Para entender eso, sin dejar necesariamente los números, hay que entender y pensar y hablar con el corazón... algo que quiza se dificutle para algunas personas.
Pero quizá sea importante también no olvidar números. Como muy bien señala el informe de Oxfam sobre la desigualdad en El Salvador 160 millonarios acaparan el 87% de la producció nacional. Por eso quizá es cierto que tenemos que hablar de números como señala el insigne empresario. Lo que no debe dejarse es el corazón para hablar. La contraparte de esta ofensiva acumulación de riqueza es el hecho que una inmensa mayoría de los asalariados no cubre sus necesidades básicas (no lo digo yo, sino "los números" del informe de Oxfam). Y podríamos citar más cifras, pero refiérase el digno lector al documento citado. 
Me interesa más insistir en esta escandalosa desigualdad que señalan los números y que se vuelve pecaminosa todavía más cuando se hace a un lado el corazón. Es esta desigualdad fuente fundamental de generación de violencia estructural y de generación de condiciones de indignidad para buena parte de la población. En parte, nuestra sociedad es violenta en razón de esta situación económica que nos arrojan los números.
Y los ricos  de El Salvador siempre se han mostrado reacios a compartir, ya no digamos a comprender la real situación de las mayorías. Por eso con razón ya decía  Jesús de Nazaret que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja...

viernes, 23 de septiembre de 2016

Un país de miedo: ¿qué le pasa a la policía?



Resultado de imagen para bota policiaEl problema se está volviendo recurrente… ¿podría denominarse más bien permanente? La cantidad de casos documentados, llevados a juicio, documentados o alarmados  ha ido creciendo en los últimos años. Agentes policiales parece que van perdiendo el control. ¿Estrés policial? ¿Efecto de políticas migratorias? ¿Escenario básico de campaña política? ¿Profundización de xenofobia y/o racismo?
El asunto es llamativo especialmente cuando el discurso democrático y de sociedad estable y pacífica busca destacarse. En general, hay que decir que parte del problema viene por políticas de seguridad que se viene impulsando desde hace varios años y que suelen tener como principios (1) la sospecha, que al final a veces se convierte en prejuicio contra cierto tipo de población, (2) la concesión privilegiada que se da a formas autoritarias de conducirse y que normalmente resulta en un síndrome  a lo John Wayne y (3) un cierto “miedo a los pobres” de parte de las castas privilegiadas y que suele colocara a la policía o fuerzas de seguridad equivalentes como un escudo protector.
El problema se va a extendiendo hacia otras latitudes. O probablemente sólo está revirtiendo en razón de políticas que se impulsan externamente. En todo caso, es un país que da miedo. Y no debería ser así. Y sin embargo, Estados Unidos con todo y sus potencialidades (no hablo de potencia, sino de potencialidades) para el espíritu democrático tiene ahora que lidiar con candidatos presidenciales “complicados”,  “cuestionables” y “cuestionados” (no se trata de hacer ahora una candidata mejor que otro) que quiérase o no deterioran la imagen misma del país cuando denigran una población migrada que es fuerza económica importante. Es probable, como dicen muchos analistas que el candidato Trump en realidad sólo representa el pensar del ciudadano promedio de Estados Unidos. Si así piensa el ciudadano promedio, su sociedad y all the kids on the block,  también estamos en graves problemas
Los recientes acontecimientos en Charlotte y las protestas raciales se van convirtiendo en un escenario cada vez más común. Lamentablemente se convertirán en baza de la campaña política y se quedará ahí. El tema de seguridad en términos eleccionarios siempre ha sido rentable. Pero en todo caso, hay terribles problemas por resolver en ese país… que da miedo. ¡Lamentable!

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Cultura de la violencia, cultura violenta

"La caza del ciervo" de Paul de Vos
He escuchado que algunas personas rechazan el término de "cultura violenta". Les parece que denigramos, para el caso de El Salvador, nuestra cultura. De acuerdo y no de acuerdo. La cultura como concepto puede referirse a diversas cosas... a veces para hablar de elementos que identifican un pueblo como "cultura ancestral", para referirse a saberes y costumbres como cuando hablamos de la "cultura popular" o cuando nos referimos a modos y hábitos que pueden tipificar un pueblo como la puntualidad y la precisión en la cultura alemana, o la impuntualidad y los doblesentido en la cultura salvadoreña.
Como tal, la cultura no es violenta ni pacífica. La cultura es. Lo violento es un término que sociológicamente está remitido a la interacción entre seres humanos; sí, por extensión tambien podemos hablar de la naturaleza violenta a propósito por ejemplo de un terremoto. Pero cuando hablamos de la cultura como modo de vida que se refleja en la manera cómo hago las cosas o interactúo con las demás personas hasta configurar un hábito que normaliza la conducta (nos disparamos automáticamente de un modo), pueda que encontremos introyectado en nuestro modo de proceder, maneras, conductas y actitudes cargadas de violencia.
Hace algunos años un colega de EEUU comentaba que podía sentir cierto toque de violencia en el modo de hacer las cosas en El Salvador. En parte hablaba de cierta tosquedad, pero también en el hecho que nuestro modo de proceder y convivir suda violencia. Una manera de saludarnos / llamarnos cariñosamente es decir ¡Qué pasó hijueputa!. Nos parece tan natural que ni nos inmutamos. Y asi nos referimos también a niños y niñas ¡Ay, el hijueputilla ya dio sus primeros pasos!
El tráfico no es violento, pero el conjunto de tipos y tipas al volante (ciudadanos comunes y corrientes, buseros, taxeros y lo que fuese) es todo menos cortés. Y si usted se conduce en bicicleta (un tiempo practiqué ese deporte extremo) cuídese sobre todo de los 4x4 y carros de lujo porque conducen como si la calle fuese de su uso exclusivo. Los peatones valen poco y casi nadie entiende por ejemplo que una zebra pintada en la calle es para conceder el pasó al peatón.
No sólo nos matamos a diario sino poco a poco. El salvadoreño promedio suele contar en su mochila o pantalón algún objeto corto-punzante por si acaso o es capaz de convertir casi cualquier objeto en arma. Se ve cada vez menos, pero aun es habitual ver a la gente portando su machete. Claro, en el campo es casi de ley.
Nuestro modo de resolver los conflictos, es decir las diferencias marcadas por el ejercicio de poder suele incluir alguna dosis de violencia en diversas manifestaciones (desde el "ya no te hablo" de los párvulos hasta las puños entre fanáticos deportivos o escolares pasando por el despido o el acoso laboral). En diversos talleres con técnicos, promotores, funcionarios, campesinos, estudiantes, etc., he hecho la pregunta "¿cuál es la mejor manera de resolver los conflictos?" y casi siempre se responde al unísono "¡el diálogo!". Pero no es cierto. Aunque hay ejemplos plausibles, en realidad preferimos echar mano de algún modo de violencia (el ejercicio malsano de la imposición). 
Es aquí donde puede evidenciarse mejor, a mi criterio, que convivimos con una cultura violenta, no porque los tamalitos, el folklor o nuestra idiosincracia sea mala o violenta, sino porque nuestros hábitos, nuestro modo de proceder, parecer haberse fijado en un modo de resolver los conflictos: prefiriendo la violencia y no el diálogo.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Desarrollo territorial y conflictividad




Resultado de imagen para desarrollo conflictividadBrevemente abordaré una cuestión recurrente a propósito del curso anual de “Transformación de Conflictos  en la gestión territorial”. Por supuesto, el punto de partida analítico en términos de desarrollo territorial  es el hecho que en un territorio específico se da la interacción de actores (y “actrices”) sean estos individuos (el alcalde por ejemplo), organizaciones gubernamentales (la Unidad de Salud),  no-gubernamentales (la ONG XYZ), actores que tiene así mismo una dimensión económica, política o social… cada actor con su perfil, objetivos e intereses específicos.
Pues bien, la interacción de los diversos objetivos e intereses supone una diversidad acompañada de diferencias, es decir, los actores no suelen coincidir  ni en lo político (diversos partidos), ni en lo económico (productores – comercializadores- consumidores), ni en lo social (según diversas áreas de incidencia). Son estas diferencias la base esencial de la conflictividad.
Claro, aquí “conflictividad” no tiene una connotación necesariamente negativa. Expresa el hecho que existe desacuerdos en los sistemas de actores territoriales basados en las diferencias que existen. El punto fundamental de transformación en el conflicto es cómo abordamos estos desacuerdos. El desacuerdo puede ser abordado según mecanismos de poder (económico, político social o cultural) que imponen una visión; esta imposición puede suponer un cierto grado de violencia. Pero también el desacuerdo puede ser abordado  constructivamente, requiriendo formas y procesos que permita tomar decisiones específicas por ejemplo a través del diálogo y la construcción de consenso.
Uno de los grandes retos al trabajar precisamente “desarrollo territorial” y “conflictividad” es el cambiar nuestra percepción y cultura construida sobre lo que es el conflicto. Convivimos con la idea que el conflicto es dañino per se, pero en realidad es mero desacuerdo basado en diferencias. Dependiendo del ejercicio específico de las relaciones de poder, la conflictividad puede ser un verdadero dolor de cabeza (en el seno de los consejos plurales, en las redes de productores o en las organizaciones sociales de base) o bien un medio específico oportuno, incluso gratificante, para introducir cambios en diversos niveles.
En segundo lugar, el problema de la conflictividad suele reducirse al ámbito personal, pasando por alto la dimensión organizativa e institucional. Es decir, se tiende asumir que la conflictividad es asunto de relaciones personales, especialmente de aquellas con mal carácter. Esto suele llevar a la “solución” de o bien no tratar o excluir a personas, solicitando por ejemplo un cambio. Perdemos de vista que la posición de las personas en las organizaciones y/o instituciones definen mecanismos de poder específicos. La conflictividad ciertamente tiene una dimensión personal, pero no puede reducirse a ello.
Y tercero, dado que convivimos con esa reducción a lo personal, olvidando la dimensión sistémica de la conflictividad, deslindando los asuntos del desarrollo económico o político. Las cooperativas son un buen ejemplo de este punto. Instalamos capacidad administrativa, financiera o productiva en socios o directiva, pero olvidamos otorgar capacidad para abordar la conflictividad que suele aparecer en virtud de las relaciones económico – productivas que se desarrollan, o de las dificultades que en la relación dirigentes – dirigidos suele aparecer. La cooperativa entra en crisis, a pesar de su posible robustez financiera o los excelentes dirigentes que se han mantenido los últimos quince años en la directiva, algunas veces por el hecho de obviar la conflictividad “normal” que se puede generar: diversos puntos de vista sobre cómo administrar dividendos, distintos carismas o perfiles de liderazgo, mecanismos para la toma de decisiones, sentimientos de exclusión o favoritismo, etc.
Por tanto, el abordar la conflictividad sigue siendo un reto permanente en la perspectiva de desarrollo territorial. No podrá haber desarrollo territorial inclusivo y justo sin el abordaje específico de la conflictividad. El primer caso, es en todo caso, la sensibilización en cuanto a la naturalidad del conflicto en las relaciones económicas, sociales y políticas.