viernes, 26 de agosto de 2016

Justicia Restaurativa: una propuesta para El Salvador



El texto que ofrecemos, desde su Presentación hasta las notas y bibliografía final, corresponde a un texto publicado en el año 2000, hace más de 15 años, por la ahora desaparecida Asociación Bienestar de Yek Ineme. El artículo fue publicado como el número 2 de la serie denominada Materiales para la Discusión y es, según mi criterio, el primer texto escrito en El Salvador sobre el tema de Justicia Restaurativa.
Conversé con Harold hace algunos meses y solicité su visto bueno para reeditarlo y publicarlo en esta serie de Discutir la Realidad. Harold fue uno de los impulsores de la fundación de Yek Ineme desde el Comité Central Menonita que por entonces tenía una oficina en San Salvador.
Dieciséis años después de aquella publicación el artículo mantiene actualidad y cierta frescura. Actualmente diversas instituciones, gubernamentales y no-gubernamentales hablan de “justicia restaurativa” o “prácticas restaurativas” en sus proyectos y programas de prevención de la violencia, pero no estoy seguro ni que hablen de lo mismo ni que la referencia conceptual sea lo rigurosamente apropiada con respecto a las líneas fundamentales de lo que es justicia restaurativa. El texto de Harold nos permite recolocar esta discusión conceptual.
Por otro lado, más de quince años después de “iniciada” la discusión en torno a las posibilidades de la justicia restaurativa en El Salvador, es curioso cómo a pesar de las idas y venidas, vueltas y revueltas, el asunto siga estando relativamente en pañales. No arranca o no parece viable. Si miramos el contexto que se plantea en este artículo, en cuanto a la situación del delito, las comunidades o el sistema de justicia, seguimos encontrando similitudes por no decir los mismos problemas, quizá algunas veces empeorado. Es decir, las condiciones y posibilidades para echar andar una propuesta de justicia restaurativa siguen estando vigentes. Lo que sigue pesando enormemente en el imaginario popular e institucional es la idea que el castigo resuelve. Por tanto, justicia restaurativa sigue planteando preguntas y retos interesantes para la realidad salvadoreña. El rescate de este texto quiere contribuir a esa discusión.

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viernes, 12 de agosto de 2016

Reconciliación: ¿qué es y entre quiénes?



Se asume que “reconciliación” como concepto es un asunto espinoso que adquiere diversas facetas y énfasis dependiendo de los contextos, si bien tiene una raíz principal, aunque no excluyentemente religiosa. Supone un momento de ruptura entre las partes, digamos a propósito de la conflictividad; la reconciliación es ese movimiento procesual en el tiempo que implica un acercamiento en términos de construcción de paz que supone una relación marcada por relaciones justas. El punto fundamental de la reconciliación radica en el manejo del daño que la conflictividad ha supuesto.
La metáfora religiosa aquí puede ser sumamente útil. Es lugar común en construcción de paz recurrir al Salmo 85,10: “la paz y la justica se unen; la verdad y el amor se besa”. La reconciliación es este punto de encuentro de la paz, la justicia, la verdad y el amor (misericordia). Infinitas discusiones existen si la justicia es previa a la paz, sobre el papel de la misericordia y la preeminencia de la verdad. Por supuesto, hay una relación estructural de co-determinación. Nos encaminamos a la paz, bajo los sólidos fundamentos de la justicia, iluminados por la verdad y la misericordia. Una justica que no conoce la verdad es incompleta; la justicia sin misericordia fácilmente puede perpetuar el daño y aquella, sin el firme propósito de la paz, puede devenir en desquite retributivo.
Por supuesto, los hay los que conceden la prioridad única a uno u otro de los elementos. Pero conocer la verdad sin aplicar la justicia o afincarnos únicamente en la misericordia, conducirá a procesos incompletos que no se dirigen hacia la paz. Por tanto, necesitamos de los cuatro. Esto requiere por supuesto un mayor desarrollo, pero con lo dicho basta para enmarcar el meollo de este texto. Cuando hablamos de reconciliación ¿en quiénes estamos pensando?
De tajo hay que declarar: no debería pensarse en la reconciliación entre cúpulas políticas y/o empresariales. Si pueden, está bien que lo hagan. Lo que suele pasar es que reducen la reconciliación a sus intereses político – económicos y terminan entendiéndose muy bien abandonando los intereses de nación y de pueblo… como me comentaba un chalateco: “ahí aparecen en la tele discutiendo y peleándose, pero a la noche se juntan para tomar whiskey”.
En realidad, quienes necesitan reconciliarse en el sentido pleno de la palabra es el pueblo “bajo, municipal y espeso” que decía Rubén Darío en un poema (o al menos así me lo enseñó mi profesor von Rechnitz). Fácilmente encontramos en el día a día tanto ofensores como víctimas que jamás tuvieron el tiempo de restañar sus heridas y que continuamos con esa carga de combatientes, de población civil masacrada, de ejecutores de acciones de exterminio y represión como miembros de ORDEN, Guardia o Policías, milicianos que ejecutaron “orejas”, etcétera, etcétera… Si hay una vinculación específica entre la violencia del pasado y la violencia del presente es el hecho que transmite un mensaje: la violencia resuelve.
Mientras no seamos capaces de articular un no a la violencia del pasado (y ojo que nuestro problema de violencia es anterior a la guerra civil) que libere a las víctimas y a ofensores de su carga histórica, el país no podrá encaminarse por la senda de la reconciliación. Y esta no será alcanzada a través del sistema jurídico nacional (que como ya he dicho, no administra justicia, sino la ley), sino a través de un conjunto de procesos específicos:
a.       Con la construcción de un sistema nacional de atención a víctimas (del pasado y del presente) con todo lo que esto significa.
b.      Con la instalación de tribunales de justicia restaurativa en los  territorios (Ojo: “de justicia restaurativa”… porque la imposición del castigo por la vía penal no rinde frutos aquí)
c.       Con los respectivos procesos para asumir responsabilidades por las atrocidades durante la guerra civil y antes de ella (con los innumerables desaparecidos y reprimidos políticos) y generando compromisos y acciones de no repetición.