jueves, 24 de marzo de 2016

24 de marzo: verdad y justicia

Resultado de imagen para 24 marzo argentinaUn 24 de marzo de 1976 un golpe de estado de las Fuerzas Armadas Argentinas derrocaba a Isabel Perón y colocaba al general Videla como nuevo jefe de estado para “reorganizar a la Nación”. Cuatro años después, el 24 de marzo de 1980 un tirador colocado en las afueras de la capilla del Hospitalito asesinaba a Monseñor Oscar Arnulfo Romero en El Salvador.
Para 1976 la fuerza de las organizaciones guerrilleras en Argentina había menguado significativamente. Y sin embargo, la dictadura argentina inició un proceso de exterminio y persecución de todas y todos aquellos que impulsaban un cambio social. Terrorismo de estado para impedir toda forma de participación y conciencia social. Para 1980, el asesinato de Romero fue parte de esta misma visión de exterminio que los sectores dominantes y las fuerzas armadas en El Salvador impusieron el país. El inicio de la guerra civil normalmente cifrada en enero de 1981, no fue más que el inicio formal de la guerra entre dos bandos relativamente organizados: la guerrilla de los cinco grupos del FMLN y los batallones del Ejército (a los que pronto se sumaron los batallones especializados contra-insurgentes).
Pero en realidad, la guerra había comenzado mucho antes, primero bajo forma de exterminio, luego bajo la forma de enfrentamiento local. Las fuerzas armadas, los cuerpos de seguridad que dependían de ellas (Guardia Nacional, Policía de Hacienda y Policía Nacional… dicho sea de paso, por eso es tan importante el apellido “Civil” de nuestra actual Policía y que las autoridades muchas veces olvidan) y las organizaciones paramilitares (Orden, Defensa Civil), iniciaron un plan de exterminio, de descabezamiento de expresiones organizativas de la población (comités cristianos, asociaciones campesinas, sindicatos, empresarios, clase media) y de toda persona sospechosa de subversión.
La creciente organización político – militar de izquierda también comenzó a responder de la misma manera, aunque con acciones y resultados cuantitativamente menor comparados con todo el accionar del estado contra la “población sospechosa de subversión”… el resultado inmediato fue la guerra civil, pero su antesala fue una enorme cantidad de asesinatos políticos (de izquierda y derecha) y desapariciones forzadas y por supuesto con una pasividad total del sistema jurídico. Muchos murieron por “subversivos”, muchos murieron por “orejas”.
La muerte, el exterminio, la sospecha, la territorialidad sigue estando, al parecer, a la orden del día. Somos un país con una cultura violenta. Mantenemos una cierta tradición de cultura violenta… ¿desde el 32? Hay deudas nacionales pendientes de los ochenta. Pero los setenta también. Verdad y Justicia…

viernes, 18 de marzo de 2016

¿Resuelve el diálogo el problema de la violencia?

La respuesta es no, pero hay mucho que puedo plantear en cuanto a nuestro problema de violencia. Es interesante ver cómo poco a poco van apareciendo voces, con diversos matices y orígenes, que comienzan a mostrarse favorables a algún tipo de diálogo con las pandillas. A veces por pura fatalidad (es inevitable por el poder que puedan tener las pandillas), por pura principialidad (no podemos proponer otra cosa que no sea el diálogo a fin de atender asuntos de conflictividad) o por pura conveniencia política (por coyuntura o proceso político, electora o no). A mi modo de ver es necesario porque, como he repetido hasta la saciedad en diversos espacios, los problemas sociales deben abordarse no por medio de políticas represivas, sino por medio de política sociales  y porque si de construir paz se trata, el abordaje de la conflictividad, por principio de cultura de paz, se hace por medio del diálogo.
De arribar a algún resultado positivo en términos de pacificación (en su sentido correcto, claro) con respecto a las pandillas (que estás se “aquieten” mientras se disponen de alternativas económicas y sociales para ellos y sus familias), deberíamos estar claro (y lo digo así porque la verdad no estamos claro) que esto no resolverá el problema de la violencia en el país, pero es un paso importantísimo.
Pensar que resolverá el problema de la violencia y los delitos es un error. Su origen reside en creer que el problema de la violencia es un problema de delitos, cuya máxima expresión es el homicidio y la extorsión y que los delitos son cometidos por maras y pandillas. Esa lógica dice que resolver el problema de las maras y pandillas resolverá el problema  de la violencia. Desmontemos este argumento.
1. La mayor parte de los delitos no son cometidos por maras y pandillas. Por supuesto, se llevan una parte importante de su autoría, pero no reside su origen ahí. Buena cantidad de delitos ni son de pandilleros (incluidos los  casos de homicidio y extorsión) ni tenemos una buena base cuantitativa para adjudicar a estos grupos la mayoría de actividad delictiva.
2. Aunque fuese el caso que efectivamente el homicidio y las extorsiones tuviesen como autores a maras y pandillas, en realidad hay otro de actividad delictiva que tienen un peso muy fuerte en términos de impunidad y en la problemática de seguridad, que resolver esos dos delitos, aunque alivie la situación, no termina de resolverla. Tenemos un peso importante de actividad delictiva que produce muerte (de diversas maneras, directa, indirecta, interpersonal o estructural) que no está siendo atendida desde casos de delitos de odio y discriminación, contra la mujer y contra la sociedad en su conjunto, incluyendo enriquecimiento ilícito, corrupción y narcotráfico. Ahí hay otra serie de “grupos irregulares” que como crimen organizado están teniendo un peso muy fuerte en el país.
3. Pero aún más. No es lo mismo violencia que delito. El problema de la violencia en el país no es igual al problema de los delitos. Por supuesto, están relacionados. La ecuación más arriba señalada que dice Violencia = Delito = Pandillas, no sólo no es cierto, sino que construye un chivo expiatorio (“son ellos”) mientras nos exculpa a nosotros. Efectivamente la mayoría de nosotras y nosotros no incurrimos en el delito. Pero sí estamos contagiados de la violencia: sea en forma de machismo, prepotencia, castigo (en casa o en escuela), aplaudimos la saña con que se mata a otros, en el tráfico, en el estadio, etc., etc. Convivimos con una cultura de la violencia que nos ha hecho aceptarla como normal. 

Las pandillas no hacen ni han hecho a nuestra sociedad violenta. Hemos convivido con la violencia desde hace décadas. Más bien, las pandillas son violentas porque nuestra sociedad es violenta. Resolver buenamente el problema de las pandillas, no resolverá el problema de la violencia, pero al menos nos coloca en el camino adecuado.

martes, 15 de marzo de 2016

Diálogo y Pandillas: lo político y la política

Resultado de imagen para dialogo comunitarioEl escándalo de la semana es el encuentro que dirigentes del partido ARENA sostuvieron con jefes / líderes de maras y pandillas. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Diálogo es Diálogo, aunque lo quieran aminorar, invalidar, convalidar, minimizar… por supuesto podemos examinar su intencionalidad, sus consecuencias o su manipulación. Pero es diálogo. Era un secreto a voces, como es un secreto a voces que no es ni ha sido el único partido, ni la única fuerza política u organización social que ha tenido acercamientos con maras y pandillas…
En su inmediatez, el hecho muestra no sólo que el diálogo no sólo es posible sino también necesario… y que se ha hecho de parte de la izquierda, de la derecha, de arriba, de abajo… desde el estado, desde la sociedad civil… entonces ¿por qué  tantos oposición  alrededor del diálogo? ¿qué podemos esperar?
Puestos a cortar con la misma tijera, todas las acusaciones y (pre) condenas vertidas contra aquellos que creemos en el diálogo y contra aquellos que lo operativizaron (hasta llegar a lo que se llamó la tregua), y que fueron llamados traidores, que se les amenazó con enjuiciamiento, que se les ha pretendido enterrar vivos “por reunirse con terroristas”, pués debería aplicárseles lo mismo a los dirigentes de ARENA… en su reverso, pués es una manera de reivindicar precisamente el hecho. Debe aplaudirse la osadía del acercamiento. Lo que falta y lo que sigue es precisamente, seguir esa senda, desprovista claro está de la manipulación y la hipocresía política.
Pero hay poderosos intereses que pretenden detener un avance en esta línea. Algo sucedió para que, tras la salida de Munguía Payés del Ministerio de Justicia, comenzara a desmantelarse lo trabajado y se caminase en una dirección  distinta y con pretendidos nuevos actores… debe recordarse que los primeros pasos de Perdomo fue lo de continuar con el diálogo y la tregua, pero prescindiendo de ciertos actores, colocando otros, mientras se emprendía un desmantelamiento de procesos y el satanización de personas y acciones. La oposición a cualquier acercamiento posible con maras y pandillas se ha convertido en un proceso incendiario y cacería de brujas.
El diálogo, como proceso comunitario que arranca desde abajo (véase mi documento Dialogar o no Dialogar) y que supone un proceso de construcción de paz, es una necesidad inexorable que debemos empujar. De lo contrario seguirán muriendo los pobres, porque son los pobres (sean pandilleros, policías,  jóvenes  o  viejos) los que están muriendo. Las medidas extraordinarias deberían cifrase por aquí, no por el tener más fusiles en la calle.
Es hora que la mayoría silenciosa que quiere la paz bien construida, un proceso transparente y resultados sin sangre, haga oír su voz por encima de la hipocresía política. No podemos continuar con medidas represivas caducas que fortalecen grupos paramilitares de exterminio... no podemos seguir por este camino ni seis meses ni un año más... de lo contrario no vamos a estar agónicos, sino vamos a estar muertos (I. Ellacuría).
El diálogo como proceso para salir de la crisis de la violencia es una exigencia de lo político; el diálogo puesto en manos de dirigentes partidarios y de la política nacional, es malograr el proceso. Es inevitable tratar con ellos, pero hay que ir más allá de los intereses partidarios de la política.