sábado, 6 de septiembre de 2014

La paz y los conflictos: una reflexión sobre Mateo 10,34



            El término Μαχαιρα [majaira] significa literalmente “espada”, pero también “guerra”, significado que parece el más lógico en esta partícula de Mateo, en la medida que el sentido común nos lanza como antónimo de paz, guerra. Puede indicar también “muerte violenta” que en todo fue el destino de Jesús mismo.



            Analicemos, sin embargo las raíces del término. Dos términos son claves:



a.       Μαχη [maje]es riña o lucha y por tanto, conflicto



b.      Μαχομαι [majomai] es el verbo correspondiente pero que incluye el sentido de luchar y discutir.







Reflexionemos ahora el punto. En primer lugar, no se trata de una simple oposición de términos paz vrs. guerra. Sabemos que paz no es la mera ausencia de guerra; eso es sólo la paz en su versión negativa, es decir, que indica lo que está ausente, no lo que hay presente. Esto nos debe llevar a considerar así mismo que de introducir preferentemente «conflicto» o «lucha» en vez de «espada» o «guerra», no estamos indicando una contraposición entre paz y conflicto, como si la paz fuese la ausencia de conflicto. Esta es otra consideración errónea en la medida que el conflicto es un elemento constitutivo de la vida humana y por tanto inexorablemente ausente. La paz no está medida en términos de ausencia o presencia de «conflicto» sino en términos de nivel de conciencia y del balance de poder, referido a las relaciones.



Ahora bien, tampoco es descabellada la consideración de sustitución hermenéutica. De hecho el conflicto por excelencia para el ser humano es la guerra y el instrumento icónico, la espada. Al mismo tiempo, esta cita ha solido dar más de un dolor de cabeza a exégetas y predicadores. ¿Qué quiso decir realmente Jesús con que no traía la paz, sino la guerra o la espada? Se dice que Jesús traía contradicción poniendo padre contra hijo, etcétera, y que vendrían guerras por ello. Pero también las hubo antes, es decir con y sin cristianismo, por tanto no parece que sea relevante este punto. Por otro lado, suena mucho a justificación del medioevo con respecto a las Cruzadas.



Pero, ¿es realmente significativa la sustitución con fines hermenéuticos? Podemos interpretar mejor si leemos «no he venido a traer la paz, sino el conflicto». Esto es coherente desde la perspectiva de construcción de paz. Ya hemos señalado un primer punto: el conflicto no es lo que se opone a la paz; puede ser incluso una oportunidad para la paz en la medida que nos permite reconocer focos de tensión, desbalance en la relación de poder y por tanto, movernos hacia la transformación de las relaciones.



Por otro lado, permite ubicar con mayor justeza la actividad y presencia de Jesús. Con frecuencia es presentado con una imagen pacificadora, sin duda más intimista que social. A ello contribuyen otras citas e imágenes como «poner la otra mejilla», «mi paz les dejo», «den al César», Jesús como el cordero, etc. olvidando que el poner la otra mejilla tiene una connotación de resistencia noviolenta, que no se trata de la paz como la da al mundo y que se trata de la lucha contra los poderes de este mundo. Jesús sin duda con su actividad despierta oposiciones. Pero estas oposiciones son sanas.



La presencia o manifestación del conflicto, e incluso su exacerbación no significa alteración de la paz. Claro, a menos que identifiquemos con paz la «pax romana» en vez de identificarlas con «relaciones justas». El conflicto aquí aparece como el medio desvelado precisamente de esta actitudo pasiva que la «pax romana» necesita para garantizar seguridad y tranquilidad. Y Jesús trae el conflicto.



¿En qué sentido podemos decir esto? En primer lugar hay que decir que no porque lo traiga o lo diga Jesús es simplemente positivo o bueno. Depende de su tratamiento. Pero, en todo caso, su presencia o reconocimiento nos posiciona ya positivamente al menos en el cauce posible de su tratamiento al develar una relaciones determinadas (ideológicas, políticas, sociales, humanas). El mensaje de Jesús y su actividad develan un conjunto de relaciones no-pacíficas; relaciones que toda la teología y los evangelios recogen y por tanto no hace falta aquí explicitar, baste para ello citar las bienaventurazas (Lc 6,20ss). El develarlas ya explicita el conflicto, un conflicto ya existente, pero latente. Por eso, Jesús no trae la paz, sino el conflicto y por tanto, y en ello, la oportunidad de transformar esas relaciones.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Reflexiones sobre la “justicia negociada”



El día de ayer jueves 4 de septiembre, el Juzgado Especializado de Santa Ana imponía una pena de cárcel de 2 años y medio a Antonio Rodríguez López, pena que se conmutó bajo ciertas condiciones. Esto fue posible a raíz de la realización de lo que se conoce como proceso o juicio abreviado. La Fiscalía reconoció que tenía un convenio con la defensa, representada por FESPAD, a fin de realizar un proceso abreviado disponiendo de la confesión extrajudicial adecuadamente testificada de parte de Antonio Rodríguez. Por tanto, la Fiscalía podía argumentar colaboración de parte del indiciado y por tanto favorecerle con el proceso.
Esto implicaba mostrar benevolencia con Toño. La Fiscalía pidió, no las penas máximas, sino su versión reducida de los delitos que se le imputaban, sumando los dos años y medios que por legislación son posibles de cumplir sin encarcelamiento. Para esto, la Fiscalía tuvo que solicitar el sobreseimiento definitivo para el delito de asociaciones ilícitas. El proceso dura casi exactamente una hora: un proceso abreviado en el tiempo y en las penas impuestas. Esto es lo que el Fiscal a cargo, Álvaro Rodríguez, reconoció como justicia negociada.
¿Se puede negociar con la justicia? ¿Qué estamos entendiendo aquí, y en general, por justicia? Si por “justicia” entendemos ese conjunto de procedimientos, acciones y decisiones jurídicas propias de lo que conocemos como sistema nacional de justicia, entonces “justicia negociada” no sólo es posible, sino que es una actividad cotidiana. Hay al menos dos detalles a comentar:
a. Una general: pareciera que tienden a existir unas personas más favorecidos que otros para este tipo de procesos… Como decía Monseñor Romero, “la justicia es como las serpientes: sólo muerde a los descalzos”. Y entonces resulta que hay que tener influencia, medios o gozar de ciertas prerrogativas para poder acceso la justicia negociada, gozar de un juicio abreviado y tener penas excarcelables.
b. Una concreta que más vale como pregunta: El Fiscal General de la República ha dicho en repetidas veces que no está dispuesto a negociar con delincuentes. Si Toño es “un traidor a la sociedad”, en palabras del mismo Fiscal General de la República, ¿se puede negociar la justicia con un traidor a la sociedad? Esa respuesta le compete al señor Fiscal.
Sin embargo, justicia también podemos entenderla en su sentido más pleno y profundo. No se trata del sentido conservador retomado del concepto clásico griego de “dar a cada uno lo suyo” y que en términos retributivos es: premios a los buenos, castigo para los malos. Aquí se deslizan muchas personas, incluso que se precian de rectos y moralmente intachables, cuando piensan que la única respuesta es pena, cárcel y sufrimiento… “¡que pague por lo que hizo!” gritan. Y está bien… lo que no está bien es que ese pago lo identifiquen con más violencia. Incluso más: mucho esos críticos de moral intachable suele pasar que han olvidado que también en su momento recibieron algún beneficio legal por hacer, por ejemplo, relajos públicos por sus borracheras.
En un sentido más pleno y profundo, tomando como referencia el término  shafat del antiguo testamento (me refiero a la mentalidad genuina hebrea, no estoy hablando de judaísmo), el juzgar y la justicia no se trata tanto de litigio, sino de un acto de discernimiento; no es sólo la restitución de los derechos de cada uno, sino también lo que se ha roto por la desavenencia. “Su primera finalidad –dice Verkindere, un especialista del antiguo testamento – no es tanto el respeto riguroso de la legislación… sino el restablecimiento de las relaciones armoniosas que fundamentan la unidad del pueblo”.
Aquí no caben las negociaciones debajo de la mesa. Fundamentalmente porque los términos del necesario restablecimiento de las relaciones suelen ser más o menos evidentes. A la realización de un delito normalmente le acompaña el quebrantamiento de las relaciones (familiares, sociales, etc.) El daño ocasionado debe ser reparado, para lo cual debe preceder la aceptación de la responsabilidad en la realización de los hechos. Si no hay reparación y responsabilidad, corremos el riesgo, para el hecho pero también para los afectados, que no terminemos de entender lo que pasó y que por tanto, no establezcamos con claridad medidas para que los hechos no vuelvan a ocurrir. No se trata de meros actos de benevolencia, sino estricta justicia. No se trata de negociaciones basadas en subterfugios de la ley, sino de justicia. Justicia Restaurativa por cierto.
Que no vayan a venir a decir ahora que por términos de justicia negociada y subterfugios de la ley ahora la Fiscalía va a favorecer con juicio abreviado, oportunidad de criterio por colaboración y medidas sustitutivas a Francisco Flores. Esa es la diferencia entre cualquier idea de justicia y la justicia verdadera.