martes, 17 de junio de 2014

Prevención de la violencia. Siete reflexiones desde la sociedad civil

1. Por cifrar un número, digamos en los últimos diez años, es decir el último gobierno de ARENA y el primero del FMLN, hemos invertido en términos globales cerca de un millón de dólares mensuales en eso que hemos llamado “prevención de la violencia”. Estos 120 millones nos deberían hacer cuestionar lo que hemos hecho, estado y sociedad civil, cuando menos para caer en cuenta que deberíamos cambiar de rumbo. Como sociedad civil no siempre hemos alcanzado conciencia de esto.

2. Con fina ligereza hemos confundido la violencia con el delito y con ello la prevención del delito como la prevención de la violencia. Hemos pretendido prevenir la violencia como represión del delito mientras ensayamos divertidas opciones para jóvenes “en conflicto con la ley” (la expresión me parece inadecuada, pero no es lugar para explicarlo). El delito es la violación de la ley; la violencia es la violación de las relaciones comunitarias, sociales e interpersonales. La violencia es un asunto de la convivencia; el delito es un asunto de individualización jurídica. Esto ha tenido sus consecuencias. Una de las más fuertes confusiones creadas es que reducimos la prevención de la violencia a la prevención del delito y esto a represión de las pandillas: hemos reducido el problema de la violencia al problema de las pandillas. Y esto es reducir la realidad. La realidad de la violencia es más amplio y complejo que el problema de las pandillas.

3. A mi modo de ver las cosas, no hemos hechos los esfuerzos necesarios y posibles para entender la violencia. Para prevenir la violencia hay que entenderla. Y nos hemos decantado por soluciones fáciles. Hemos pensado que la causa de la violencia es el ocio de los jóvenes y entonces los entretenemos con deporte y pintura (creo que arte, cultura y deporte es importante y el MINED está haciendo esfuerzos importantes para extender el currículo, pero eso no previene automáticamente la violencia). Hemos creído que la violencia es un problema delictivo y entonces endurecemos leyes, elevamos las penas y reprimimos el delito... y la violencia sigue. Confundimos factores de riesgo con causas de la violencia. Mientras no hagamos el esfuerzo por entender la violencia, seguiremos dando bandazos: la violencia es una epidemia, pero no sólo como factor estadístico: tiene una causa (condición de humillación en el plano interpersonal y social), vectores de propagación (castigo) y factores de riesgo (de todos conocidos).

4. Hace casi 15 años edite un trabajo de un colega (ahora residente en EEUU). Se tituló: Justicia Restaurativa: una propuesta para El Salvador. Es probablemente el primer trabajo sobre justicia restaurativa que se publicó en El Salvador... de ahí para acá, el camino de la Justicia Restaurativa ha sido tortuoso. Con esto quiero decir que la sociedad civil, (Iglesia, ONGs, Universidades) suele realizar experiencias (“pilotajes”), desarrolla planteamientos... pero no los impulsa. Los dejamos engavetados. Suele pasar porque no los situamos en perspectiva estratégica, de su impacto para el mediano y largo plazo, y nos quedamos con la necesidad de presentar un informe a la cooperación. Necesitamos construir más sólidamente desde la experiencias concretas que venimos desarrollando.

5. Una de las taras más grande en este campo es la fragmentación de la acción estratégica. Le pasa al estado, le pasa a la sociedad civil. Cuando se impulsó la iniciativa de los “municipios libres de violencia” una de los elementos de éxito fue la coordinación entre diversas instancias del estado que normalmente van jalando cada una por su lado. En la sociedad civil está fragmentación es similar. Una cosa es que haya diversidad, lo cual es necesario y natural, y otra cosa es que las organizaciones instituciones no comportamos información, planes y acciones. En parte es el mal del protagonismo y de los egos necesitados de ser inflados por las cámaras. Por supuesto, hay iniciativas en camino: CCPVJ y PSJ son dos en este sentido.

6. Relacionado con esto está la manera cómo vemos al estado. Siempre me ha resultado curioso cómo los protocolos y los cargos transforman a una persona común y corriente. Por supuesto, se determina una autoridad, una a la que la sociedad civil no siempre se muestra crítica frente a los planteamientos que haga. Quiero decir que como sociedad civil algunas veces nos hemos dejado llevar por el encanto de codearnos con la autoridad del estado olvidando nuestra aspiración de incidencia. Los últimos meses ha sido ilustrativo de este punto: han aparecido convocatorias aquí, comisiones allá, y aunque me parece importante asistir y enterarse y generar las acciones necesarias, no siempre lo hemos hecho con el espíritu crítico que nos debe tocar. Si vamos a apostarle en serio a la prevención de la violencia, no podemos excluir nadie en nombre de nada y al mismo tiempo, y al mismo tiempo vamos a trabajar políticamente serios, pero desprovistos de toda politiquería egocentrista.


7. La respuesta a la violencia es compleja. Hay que dar respuestas inmediatas mientras empujamos procesos a futuro. Hay que trabajar en la escuela y en la comunidad, con la juventud y la niñez, pero también con los menos jóvenes. Hay dos temas que deberíamos buscar que estén siempre presentes y una manera de hacerlo. Debemos aprender y enseñar a resolver los conflictos de modo que no se use la violencia. Buena parte de la violencia viene de aquí. Impulsar el enfoque de transformación de conflictos es clave. Segundo, deberíamos encaminarnos en la transformación de nuestras práctica punitivas: el castigo no resuelve, sino que má bien promueve la violencia. Esto es válida en la casa, en la escuela, en la comunidad. Esto significa impulsar procesos de justicia restaurativa en la escuela, en la casa, en la comunidad, en la cárcel. Un modo de hacerlo: todo proceso éxitoso de prevención de la violencia tiene que ser participativo. Esto implica, conceder protagonismo a la juventud.

martes, 10 de junio de 2014

Teoría del caos y el problema de la violencia o como maltratamos el problema de la violencia en El Salvador (parte2 final)

            2. Caos, fractales y la teoría de la violencia
            No pretendo aquí hacer una exposición[1] de la teoría del caos, ni de los fractales, sino simplemente utilizar como referencias algunos principios propios de las ciencias de la complejidad en la medida que dan qué pensar a propósito de la teoría de la violencia, sus usos y desarrollos actuales.

            2.1 Sensibilidad a las condiciones iniciales.
            El punto de partida es esencial. Ecuaciones sencillas de carácter no-lineal, resultan en divergencias sorprendentes tras pequeñas variaciones en el punto de partida o valor de inicio. En las ecuaciones lineales, pequeñas variaciones en el punto de inicio, simplemente muestran pequeñas variaciones en el punto de llegada. Por ello, estamos acostumbrados a que da lo mismo partir de 3.23345 que 3.23347 (una diferencia de 0.00002) puesto que por aproximación llegaremos al mismo resultado. Y sin embargo, en las ecuaciones no-lineales, la referencia esencial en los sistemas caóticos, esto no es así.
            Por ello, hay una cierta inercia a no intentar ser rigurosos en los conceptos mismos frente a la realidad (“si el concepto no coincide con la realidad, peor para la realidad”) y da lo mismo tener más o menos una idea de violencia (ya no digamos de su causalidad). No es casual entonces que, diversos programas de prevención de violencia conduzcan a resultados diversos, divergentes e incluso contraproducentes. Si la causa de la violencia es el ocio, ¡vengan los programas de deporte!; si el problema son las maras, ¡venga el manodurismo!... y sin embargo, la violencia sigue imparable.
            Mientras no seamos rigurosos en el punto de partida y entender adecuadamente qué es violencia y donde está su causa, seguiremos llegando a resultados divergentes cuando no contraproducentes.

            2.2 Recuperar lo cualitativo frente a la dictadura de lo cuantitativo.
            Tradicionalmente se ha aceptado que lo cuantitavo expresa mejor el anhelo explicativo de la ciencia, teniendo como principal referente a la matemática en general, puesto que la naturaleza (y la realidad) está escrita en lenguaje matemático (Galileo). Esto es plausible e incluso cierto. Pero hay un salto aquí a lo cuantitativo, porque incluso en su punto de partida, la matemática ha sido algo más que pura cuantificación. Es la diferencia entre Pitágoras y Euclides. La geometría es en principio cualitativa (sin dejar por ello de lado lo cuantitativo y el esfuerzo por cuadrar el círculo). Pero incluso la geometría de Riemann, con todo y sus ecuaciones complejas, no deja por ello de ser cualitativa. Esta es la recuperacion clave que los fractales han hecho desde la recuperación que G. Julia o B. Mandelbrot hicieron. Sin intentar dejar de medir (como puede ser el caso de la difícil medida de la dimensión fractal por medio del principio de Hausdorff) se vindica aquí la belleza fractal de la naturaleza, destacando también como matemático su dimensión cualitativa. Es encantador re-conocer la matemática, también, como una ciencia de la cualitativo.
            Para el problema que nos ocupa, ha sido sintomático que la mayoría de los estudios sobre la violencia hayan sido sobre todo cuantitativos (cuántas víctimas, cuántos creen que las maras son responsables, cuánto cuesta la violencia...) y sobre todo como estudios de opinión pública. No se niega el aporte analítico de muchos de estos estudios, pero algo quiere decir que el ente rector de los estudios sobre la violencia haya sido el Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP) y no el Departamento de Sociología o de Filosofía (en el caso de la UCA) o que la página clásica de internet del PNUD sobre violencia esté cargada de estadísticas y mediciones.
            El cargar con el problema de la violencia que la realidad nos arroja deberá pasar inevitablemente por un estudio riguroso del asunto por todos los medios posibles y no necesariamente reduciéndolo a estudios cuantitativos.

            2.3 Complejidad, simplificación y no-linealidad
            De ordinario, la física está montada sobre simplificaciones para poder explicar la naturaleza. Dada la complejidad de los fenómenos, es decir procesos en los que intervienen un sinnúmero de variables, estos para ser comprensibles han de ser simplificados. Así, para el movimiento lineal uniforme o la caída libre suponemos un coeficiente de rozamiento cero o resistencia del aire igual a cero. Introducir estas variables complicaría en extremo nuestras ecuaciones haciendo difíciles los cálculos. Este es el meollo básico del problema de los tres cuerpos, clasico de la teoría del caos, y del que Poincaré tuvo que afirmar no hay ecuación que la rija. De hecho, la puede haber, pero es extremadamente compleja por el número de variables implicadas. Por ello, nuestros análisis de la interacción gravitacional entre dos cuerpos deben suponer que no hay un tercero implicado (¡siempre la existencia de un tercero complica la relación entre dos!).
            Por ello, siempre se habría preferido la simplificación metodológica y el descarte de la no-linealidad. Y sin embargo, la teoría del caos muestra, como por ejemplo para el estudio de sistemas climáticos, que aun en su intrincada complejidad, estos están regidos por ecuaciones sencillas, más no-lineales. Los cálculos pueden ser difíciles y el manejo de las ecuaciones diferenciales involucradas sumamente complejas, pero tienen la potencialidad de responder, más que a expresiones ordenadas de hallazgos, a patrones de comportamiento (con su respectiva expresión visual geométrica como la belleza de las mariposas de Edward Lorenz).
            La no-linealidad y complejidad es más norma que excepción. Otra cosa es que no hayamos determinado los patrones de comportamiento por medio de sencillas (o difíciles) ecuaciones. En el mundo de la violencia seguimos viviendo el mundo de la linealidad donde las funciones de los factores asociados pueden sumarse para seguir entiendo la violencia y sus causas. Mientras no se reconozca el carácter complejo y no-lineal del fenómeno de la violencia, seguiremos sin comprender su propia dinámica y sin entender que, aunque se cruzan un sinnúmero de factores asociados, en principio se rige por ecuaciones sencillas (como lo expresa la teoría de Gilligan), pero poderosamente complejas en su expresión y manejo conceptual.

            2.4 Recursión e iteración
            Una característica asociada a las ecuaciones que configuran el caos y produce la belleza de los fractales es la de recursión: la operación sobre sí misma. Sumamente común en ciencias de la computación (una función se exige operativamente a sí misma para resolverse) ha tendido a ser soslayada como una característica de los fenómenos humanos y sociales.
            La complejidad de los fenómenos sociales suponen una retroalimentación de otras variables y del fenómeno en sí mismo. En el problema de la violencia, la violencia se recrea a sí misma, porque se retroalimenta de sí misma. Este es la base del principio de que la violencia engendra más violencia y es la razón por qué métodos manoduristas para intentar prevenir la violencia tiene como resultado más violencia, sobredimensionando aún más lo que se pretende reducir.

            3. El orden que emerge del caos.
            Hemos tendido a denominar caótico aquello desprovisto de racionalidad, comprehensibilidad y de comportamiento errático. Como tal, no puede ser definible y asible. La teoría del caos no pretende decir que comprende el caos; dice que aquello que aparentemente es caótico, en realidad responde a un orden, a un patrón de comportamiento, algunas veces asociado a un conjunto de ecuaciones sencillas de carácter no-lineal.
            En el fondo el problema ha sido que hemos tendido a denominar como caótico aquello que no somos capaces de comprender y que corresponde más al azar. Hemos intentado imponer a la realidad las limitaciones de nuestra razón, negando “realidad” a la realidad y simplificándola a aquellas interpretaciones adecuadas, racionales y exactas. Pero en realidad hay un orden y (quizá) una razón. No es gratuito que en principio imperaba el caos, aunque el espíritu se movía sobre él, como se dice en el Génesis.
            Ha sido la intención de estas breves páginas reconcer nuestra situación intelectual frente a un problema específico de la realidad, intentando problematizar el asunto tomando en cuenta los aportes que la ciencia arroja sobre las cosas, para al menos plantear dos cosas:
            a. Poner en cuestión nuestro saber sobre las cosas, en específico sobre la violencia
            b. Intentar arrojar luz sobre el tratamiento que podemos darle a nuestro problema en tanto problema de la realidad a partir de otras comprensiones de la realidad misma.
            En todo caso, no se trata que la filosofía arroje las soluciones sobre la problemática. Pero que, a pesar de no extraer discutir todos los elementos propios de las ciencias de la complejidad, podemos intentar un camino para acercarnos mejor a la realidad y decir lo que las cosas son.



[1]    Cf. Coles Peter, From cosmos to chaos: the science of unpredictability; Péter, Érdi. Complexity explained. Springer, Berlin, 2008

viernes, 6 de junio de 2014

Teoría del caos y el problema de la violencia o como maltratamos el problema de la violencia en El Salvador (parte 1)


Si hay un problema de la realidad que se muestra no sólo sempiterno, sino como grave preocupación, ese es el de la violencia. Lo de sempiterno no es expresión gratuita. Si tomamos como parteaguas histórico el decenio de la guerra civil, que por sí mismo es un período violento, el país fue violento antes de ese período y lo es después de los acuerdos de 1992, si bien es sólo en los  últimos diez años que ha alcanzado notoriedad socio-político en el sentido referido a las políticas públicas e incluso cierta relevancia internacional.

            Efectivamente, en el último decenio, por nombrar un período definido de tiempo se ha ensayado una diversidad de programas, políticas y proyectos de prevención, mitigación y reducción de la violencia. Lo que queremos resaltar es el hecho: los diversos remedios y medidas ensayados no han dado resultado. La violencia, en cualquier manera que sea medida, no se ha visto reducida, sino todo lo contrario.
            Tenemos así en realidad un problema doble: en primer lugar, el de la violencia misma y, en segundo lugar, el hecho que no hemos sido capaces efectivamente de hacernos cargo de esa realidad, abordarla rigurosamente y plantear soluciones efectivas.
            Ante esto se suele decir que el carácter complejo de la realidad de la violencia hace difícil abordar la cuestión de la violencia, argumentando precisamente desde la multicausalidad de la violencia. Esto suele querer decir que, aunque se pueda estar actuando tanto como se pueda sobre el problema de la realidad, en realidad no se está haciendo lo suficiente, en razón de esa complejidad, y que se necesitarían, por tanto, más fondos y más actividades para poder ser más efectivos.
            Mi hipótesis es distinta y pretende, por principio, problematizar. Mi planteamiento supone que, en realidad, no hemos podido hacer un análisis riguroso de la violencia. Nuestra incapacidad de comprenderla adecuadamente, nos ha llevado a plantear soluciones que no sólo no han podido contener la violencia, sino incluso ésta se ha agravado. Dicho de otro modo, es preciso entender la violencia para poder prevenirla.
            En primer lugar intento desvirtuar el planteamiento vigente de la violencia, discutiend el sentido de su complejidad. En segundo lugar, puesto que no pretendo en este momento resolver el problema planteado, intentaré brindar posibles pistas de relectura e intuiciones que la teoría del caos y los fractales, nos presenta. Finalizo... no sé de qué manera, quizá planteando los retos que de una u otra cosa nos pueden quedar.

            1. Nuestra manera de “entender” la violencia
            Es curioso revisar los términos de entendimiento que tenemos con respecto al tema de la violencia. No es que no haya habido esfuerzo. Sin embargo, para ser uno de los dos graves problemas de la realidad, la producción intelectual, comparada con el tema económico, es relativamente menos profunda[1] e incluso podría decirse que es cuantitativamente menor, pero ése bien puede ser un argumento menos válido según veremos más adelante.
            A mi modo de ver, el problema del abordaje de la violencia tiene que ver con la rigurosidad con que se le ha tomado. En diversos momentos de los últimos quince años es posible encontrar intuiciones[2] que no han podido ser desarrolladas. En cambio, ha habido una cierta ligereza en el dar por supuesto qué es violencia y que, al mencionar el término, todos entendemos lo mismo.
            En general, es difícil encontrar un estudio que intente cierta rigurosidad sobre la problemática. A lo más, hay más de un abordaje periférico, por ejemplo desde la ética, pero nada que asuma la reflexión seria y rigurosa de la violencia como un problema de la realidad. En general, parece haberse reducido la violencia a un problema ético. Ahora bien, el problema de la reducción de la cuestión de la violencia a un tema ético, no es la ética en sí, sino su reduccion.
            Hay tres características generales de los estudios sobre la violencia realizados en los últimos quince o veinte años. Por un lado han tendido a ser cuantitativos y, por otro lado, han tendido a entender (o reducir) la violencia a delito; lo primero además, ha tendido a asumir lo segundo, si bien vale la pena distinguir ambas cosas. Y, por último, han tendido a suponer un modelo multicausal de la violencia[3].
            Para el primer caso, sin desvirtuar en nada lo galante de la dimensión cuantitativa de la realidad, se ha dado por supuesto, erróneo a mi modo de ver, que la posibilidad de dar cuenta cuantitativamente de la realidad implica mayor rigor. Los fractales y la recuperación de la geometría cuestionan esto. Lo cuantitativo no es mejor ni lo más exacto ni lo más real. Sí, ciertamente lo cualitativo es más complejo. Exacto: ese es el punto. La realidad es compleja.
            En segundo lugar, la violencia no debería reducirse a delito. He presenciado diversas discusiones al respecto. Pero ni todo violencia es delictiva (aun cuando podría desearse que fuese así), ni todo delito es violento, entendiendo al menos como delito aquello que la ley tipifica como tal. Pero esto, que puede ser evidente, no quedó evidenciado en la mayoría de los análisis. Típico es hablar de la violencia pero refiriéndose al delito; así, una manera específica de medir la violencia es por medio de la tasa de homicidios. Por supuesto, de alguna manera se debe o puede intentar medir la violencia, pero algo queda velado cuando lo delictivo se impone sobre la realidad de la violencia. Así, por ejemplo el siguiente argumento dominante: si la violencia se reduce al delito y los delincuentes por lo general son los pandilleros, entonces, los pandilleros son la causa de la violencia, exonerándonos a todos de la responsabilidad de la violencia y creando así un chivo expiatorio.
            Tercero, el discurso de la multicausalidad corresponde más bien a una manera culta de hablar de un fenómeno del que tenemos dificultades de entender y explicar. Una cosa muy distinta es postular que la violencia responde a diversos factores y que, por ejemplo, requiera un tratamiento multidisciplinario. De hecho, el denominado modelo ambientalista de la violencia supone la existencia de factores de riesgo; pero hay un salto mortal cuando se pasa a considerar estos factores como causas: simplemente se ha confundido la multidimensionalidad de la violencia con la multicausalidad y ésta con el carácter de complejidad.
            Efectivamente, es aceptable para el problema de la violencia, el carácter de complejidad, pero no en el sentido de intrincado, oscuro, difícil, inasible y caótico. A partir de algunos indicios que arroja la teoría del caos y los fractales, como una reflexión temeraria, me permito acercarme a este punto utilizando, por supuesto, referencias de las ciencias que han intentado asir el problema de la violencia, pero sin recurrir a la multicausalidad para evitar una reflexión rigurosa... o al menos intentarla.
            Como transición al acercamiento al caos  los fractales, recurro a Ockham. La Navaja del insigne franciscano, me parece puede ser un indicativo fértil de la necesidad del pensar y analizar adecuadamente y exige efectivamente que las explicaciones nunca deben multiplicar las causas sin necesidad (“pluritas non est ponenda sine necessitate”). De las “causas” se ha hablado de todas (ocio, crisis de valores, genes y raza, mal espíritu, etc.) y por casi todos (psicólogos, sociólogos, funcionarios gubernamentales y promotores sociales). La pluralidad expresa aquí la falta de una explicación y del esfuerzo por entender las cosas.
            Por ello, tiene sentido la teoría de J. Gilligan[4] puesto que más allá de la fuerza interpretativa y explicativa del fenómeno, nos permitiría el trazado de programas de acción que, si bien diversos (o al menos a los enfoques tradicionales) que muestran alguna esperanza de efectividad. Aunque no es este lugar de exposición de su teoría baste decir que, a parte de las notas ya dichas sobre las implicaciones de su teoría, es atractiva por dos razones:
            a. Asumiendo la complejidad del problema, postula una explicación sencilla (más no simple, por supuesto): la etiología de la violencia corresponde a la presencia de sentimientos abrumadores de humillación, colocando el problema de la violencia en la línea de interpretación de la condición existencial de la dignidad del ser humano. Ahí donde aparecen las condiciones de humillación, aparece la violencia.
            b. Pero además, es una teoría de principios subversivos, razón por la cual ha tendido a ser fácil, pero intencionadamente ignorada. En el conjunto de la interacción social existen mecanismos, personales, sociales y estructurales, que promueven la humillación. Así, la cultura machista, el ejercicio de poder (en el sentido de M. Foucault), la cultura punitiva y las estructuras económicas injustas promueven los mecanismos de la violencia. Así, es más simple intentar explicaciones en torno al ocio, las maras diabólicas y la crisis de valores, y así además, servir de velo ocultador a la verdadera etiología de la violencia[5].



[1]    Esto es sólo una apreciación general, pero por hacer una referencia cuatitativa, entre 1998 y 2009 en la Revista Realidad de la UCA hay sólo dos artículos sobre violencia (en el 2009 y en el 2003), sobre percepción en la prensa el primero y el segundo sobre ciudadanía y violencia. Aparecen otros artículos relacionados, pero son recensiones.
[2]    He aquí una frase impresionante: “una sociedad marginadora está creando el mejor almácigo para la violencia” (David Escobar Galindo, “Dos palabras” en Violencia en una Sociedad en transición, PNUD, San Salvador, 1998). El artículo (editorial) “La cultura de la violencia” (ECA, 1997, n. 588) nos recordó, para después ser olvidado, que la violencia ha estado presente “antes, durante y después” de la guerra civil frente a la percepción generalizada que la violencia es un fenómeno de la posguerra.
[3]    Los ejemplos son numerosos, pero por citar uno reciente, no académico, pero presumiendo de ello: Propuestas para el combate integral de la delincuencia en El Salvador, Cámara de Comercio, San Salvador, febrero de 2010.
[4]    Cf. J. Gilligan, Violence: reflections on a national epidemics, Vintage, New York, 1997 y del mismo autor, Preventing Violence, Thames and Hudson, New York, 2001
[5]    Tome el lector estos cuatro elementos (machismo, cultura punitiva, estructuras económicas injustas y ejercicio de poder) y puede entender por qué El Salvador es tan violento.

jueves, 5 de junio de 2014

El problema de la justicia en la resurrección (parte 3 final)

3. Experiencia de indignación y resurrección
            La perspectiva es distinta cuando contemplamos a Jesús y su actividad como susceptible de ser continuada en el horizonte de la lucha por la justicia. Eso sí se convierte en buena noticia para todos, en especial para las grandes mayorías. Y, precisamente, son esas manifestaciones de la presencia de Jesús y su actividad a lo largo de la historia lo que se constituye en “fuerzas” y “señales” de la presencia del reino y de la pretensión de Jesús. Lo que nos interesa destacar aquí es la puesta en marcha de esta actividad en la lucha por la justicia y la resurrección.
            Si entendemos la resurrección como un proceso dinámico que afecta al creyente que arranca desde la cruz, que le suscita (o si quiere re-suscita) una fe no basada en garantías, que le pone en marcha, por el camino de Jesús, suscitando el seguimiento de Jesús, se trata entonces de un compromiso por realizar la cercanía del reino ahora. En la perspectiva de la exigencia de justicia, esta fe se encuentra movida por la experiencia de la indignación ante la injusticia, y se expresa como un esfuerzo por acabar con el absurdo de la historia.
            Situémonos ante el absurdo de la historia y ante el absurdo de la cruz. Sin lugar a dudas pueden ser diversas las reacciones. Una muy común es que puesto que con el acontecimiento de la resurrección, Dios ha dicho ya su última palabra y ha expresado su voluntad, tarde o temprano consumará definitivamente su voluntad y por tanto, se opta por la espera paciente, pero segura, que Dios finalmente hará justicia, conduciendo a una pasividad y conformismo que va desde el cinismo  hasta el pesimismo ante la vida y la espera de un “más allá” distinto. Nada o poco se puede hacer, todo se espera de Dios.
            La experiencia radical se encuentra precisamente en el momento en que, situados ante el absurdo, nos es imposible permanecer pasivos, y uno se encuentra firmemente convencido, seducido y atrapado por una fuerza que se impone y que empuja la compromiso, de tal modo que la capacidad de “sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo”[i] se impone haciéndonos marchar en la lucha por la justicia.
            La fe que surge, que llama, que moviliza en el proceso dinámico de la resurrección es una fe que está profundamente marcada por la indignación ante el dolor y la injusticia, y no en primer lugar por la seguridad que pueda conferir la realización de un acto de justicia. La resurrección de Jesús no pretende otorgar seguridades. Cuando llega la convicción en los discípulos que Jesús está realmente vivo, la puesta en marcha del seguimiento ya está encaminada. La resurrección de Jesús, en este caso, solidifica la convicción, al refuerza, la profundiza, pero no ha partido de la seguridad de la realización de la justicia, más allá o más acá, sino de la indignación ante el dolor y la injusticia y de la inescapable experiencia de que algo se tiene que hacer. Y precisamente, “para hacer algo hay que querer mucho. Para querer apasionadamente hay que creer con locura”[ii].
            El traer a cuenta aquí a figuras históricas relevantes en el horizonte de la exigencia de justicia, no significa que se esté valorando más la memoria de Jesús y lo paradigmático de su vida en detrimento de su dimensión salvífica y teologal, ni que la resurrección se vea reducida a una mera expresión de que “el asunto de Jesús sigue adelante”. Se trae a cuenta porque revela una estructra de arranque fundamental en el problema de la lucha por la justicia.
            Hacer de la resurrección “buena noticia” para los sufrientes en tanto irrupción de un mundo nuevo ordenado según la justicia de Dios tiene el inconveniente de que supone una garantía, la realización de parte de Dios, que puede conducir a la pasividad, a la vez que la irrupción de ese nuevo mundo queda en entredicho por la presencia real de la injusticia. Sin embargo, la fe que pretende garantías no es fe. Por eso, debemos suponer que el arranque, la puesta en marcha contra la injusticia, en tanto dinamismo está “antes” del acontecimiento de la resurrección, aunque no es independiente ni aislada de ella.
            La resurrección de Jesús no es el acto que pone en marcha la exigencia de justicia, ni el que introduce propiamente la irrupción de los signos y fuerzas de la presencia de un nuevo mundo en la historia, sino que es parte de un proceso dinámico que pone en acción a hombres y mujeres.
            De ahí que la buena noticia no está en el acto poderoso que Dios ha realizado resucitando a Jesús; la buena noticiaestá en que siguen apareciendo otros que le siguen a pesar del escándalo cuantitativo de la diferencia, pero precisamente por ese escándalo. Indignados ante el absurdo, nos alzamos con el absurdo. Esto no tiene por qué negar ni la importancia del acto de la resurrección, ni el significado mismo de Jesús. Ciertamente, “la resurrección acredita a Jesús como el mediador absoluto de la salvación”[iii], lo que significa que sin él, sin el intento de reproducir la ipsissima intentio Jesu, podrá ser cualquier otra cosa, pero no camino de salvación[iv].
            De cara a la experiencia de la resurrección hoy, para nosotros que ya no nos situamos en el lapso del tiempo entre la cruz y la resurrección, la estructura de la experiencia es similar, con la diferencia que a nosotros se nos ha transmitido la experiencia pascual a través de los textos evangélicos y a través de los innumerables testigos en la historia. Podríamos pensar que entonces disponemos de una certeza significativa: que Jesús no terminó en la cruz, sino que fue reivindicado por Dios resucitándole. Esto es cierto en la medida que por medio de la resurrección Dios le ha hecho el mediador absoluto de la salvación, pero los absurdos de la historia desdicen que sea la resurrección de Jesús en sí el hecho definitivo de la irrupción del nuevo mundo.
            Todo lo contario: el mundo todavía no llega a ser lo que debería ser y, pero aún, se muestra más violento con los pequeños y olvidades de la historia, incluso hasta hacerlos aparecer como olvidados de Dios. Y sin embargo, Jesús en su presencia viva, nos sigue moviendo (y desafiando), pero no primariamente porque aparezca como resucitado. Esa es su presencia, pero no el fundamento de nuestra movilización. Es precisamente cuando “mirando a Cristo crucificado, el cristianismo se  profesa, a pesar de todo, profeta del sentido y enemigo acérrimo de todo lo absurdo[v].



[i]     E. Guevara, “Carta de despedida a sus hijos” y también en “Carta a María Rosario Guevara”, 20-02-1964, Obra Revolucionaria, ERA, México, 1967
[ii]    La frase es Regis Debray y se encuentra en  P. I. Taibo II, Ernesto Guevara, Planeta, Barcelona, 1997, p. 7
[iii]   En K. Rahner – W. Thüssing, Cristología, p. 50
[iv]   Otra cosa es, obviamente, que quien opta por un camino lo haga o no en nombre de Jesús o del cristianismo; de lo que se trata es de la fidelidad a una práctica determinada y no tanto a una ortodoxia determinada. Aquí tiene sentido el término de los “cristianos anónimos” de los que hablaba K. Rahner.
[v]    L. Boff, La resurrección de Cristo, Sal Terrae, Santander, 1980, p. 22

lunes, 2 de junio de 2014

El problema de la justicia en la resurrección (parte 2)

2. El escándalo de la diferencia cuantitativa
            Problematicemos estas afirmaciones en torno al punto fundamental de la relación entre la fe en la resurrección, aunque quizá más especificamente habría que hablar de la fe que se genera en torno a la resurrección, y la exigencia ade justicia. El gran problema que encontramos respecto de estas afirmaciones es el “escándalo de la diferencia cualitativa”[i] entre la irrupción del nuevo mundo ordenado según la justicia y la existencia persistente del mundo injusto, de tal manera que es no sólo más fácil sino también más lógico suponer cierta perennidad a la presencia de la injusticia en la historia que conceder un cierto carácter definitorio a la irrupción de la justicia en el mundo por medio del hecho de la resurrección. Esto es lo que puede desprenderse, por ejemplo de la frase de E. Galeano cuando dice que “la semana santa de los indios guatemaltecos termina sin resurrección”[ii]: la resurrección de Jesús poco representa una esperanza en medio de la opresión e injusticia en este mundo. A dos milenios de la irrupción de este nuevo mundo y del compromiso de Dios con la justicia, los tormentos y la opresión no sólo no parecen haber mermado en manera alguna, sino incluso aparecen como agudizados: la contradicción – escándalo entre la injusticia de este mundo y la realización de la justicia con la que Dios está comprometido es aún mayor. Si este compromiso de Dios con la realización de la justicia no queda así en entredicho, habrá entonces que matizar adecuadamente las relaciones entre la fe en torno a la resurrección y la exigencia de justicia.
            Moltmann, consciente de esta problemática, reflexiona intentando acercarse más al papel que tiene el crucificado en este punto, pero, a mi modo de ver, no termina por acercarse lo suficiente en ello puesto que, a la par de valorizar profundamente la cruz en el contexto del compromiso de Dios con un nuevo orden, sigue manteniendo una esperanza que irrumpe en la resurrección que, aunque iluminada (o ensombrecida, si se quiere), adecuadamente por la crucifixión, sigue siendo el punto fundamental de la fe[iii].
            J. Sobrino, por su parte, alerta contra el peligro que supone la presentación de la resurrección como “garantía de esa esperanza más allá de la muerte” y el cargar los acentos en el poder de Dios puesto que “el puro poder no genera necesariamente esperanza, sino un optimismo calculado”[iv]. Hay que hacer, sin embargo, ciertas anotaciones críticas a la posición de Sobrino.
            Para Sobrino, la resurrección de Jesús es “buena noticia” para las víctimas, en la medida que Dios ha resucitado a un “justo inocente” y así “una vez, y en plenitud, la justicia ha triunfado”. En primer lugar, es necesario matizar aquí adecuadamente la categoría de víctima, puesto que no se alcanza con ello a distinguir el sentido de la muerte y de la resurrección.
            El concepto de “víctima” puede hacer referencia a un “sacrificio” y con esto nos estaríamos situando en la línea de comprensión de la crucifixión como sacrificio propiciatorio y voluntario, y en cierto sentido enfatizando la “inocencia” de la víctima. Jesús propiamente no era “inocente”: su crucifixión fue consecuencia de sus acciones y s compromiso. Inocentes propiamente son aquellos que incluso antes de nacer están condenados a muerte. Esto es importante puesto que, en sentido estricto, la resurrección acontece a un “no-inocente”, en el sentido señalado y, por tanto, la esperanza que genera la resurrección estaría centrada en torno a este modo concreto de seer “no-inocente”, dejando en interrogante el destino de los “inocentes”.
            “Víctima” tiene también un sentido en referencia a las consecuencias de los actos realizados: mis acciones conducen a un final determinado; hay un resultado en la historia, personal y social, culpa ajena o propia, que conduce a un padecimiento. En el caso de Jesús, entrega y compromiso condujeron a un final determinado. El problema aparece precisamente cuando consideramos a los crucificados en la historia, los “netamente inocentes”. Jesús propiamente no murió como inocente, y en este sentido no fue una víctima, pero la historia está cargada de inocentes plenos que incluso antes de nacer están condenados a la miseria y la muerte. Se estaría determinando de este modo una esperanza que está relacionada con un modo preciso de vida, pero no se diría nada con respecto a los inocentes plenos. Por eso, la resurrección de Jesús debe también decir de qué modo está en relación con esos inocentes y qué tipo de identidad y compromiso se genera entre los inocentes y el resucitar.
            La cuestión puede agravarse si tomamos en cuenta que la resurrección de Jesús no puede ser “buena noticia”  si sólo es un en tanto “una vez, y en plenitud, la justicia ha triunfado sobre la injusticia”. En el contexto del largo “escándalo de la diferencia cualitativa” presente en la historia, difícilmente puede concebirse como “buena noticia”, fundamentalmente por una diferencia cuantitativa. La buena noticia, ciertamente existente, estará en otra parte, concretamente en la “nueva proximidad de Dios”[v], pero difícilmente en el acontecimiento de la resurrección.
            Esto puede quedar ilustrado con una comparación. Pensemos en un estado totalitario y violador de la vida y de los derechos humanos fundamentales, como tantos existentes a lo largo y ancho de la historia, con tal  patrón de comportamiento institucional presente un un lapso de tiempo suficientemente largo como para que a nadie le quepa duda del carácter de tal estado. De repente el régimen decide por “una vez y en plenitud” respetar la vida en un caso determinado. Cierto, se puede tal vez pensar que las cosas están comenzando a cambiar y que a futuro, se ha abierto una esperanza y que entonces ese único caso puede convertirse en “buena noticia” para los demás. Esto, políticamente, es una ingenuidad; un análisis más serio pensaría que se trata  más bien de pura demagogia o pura publicidad institucional en orden a mejorar una imagen deteriorada: se trataría quizá sólo de mostrar que el estado perseguidor puede ser bueno alguna vez o quizá sólo busca calmar la agitación popular. La historia está llena de atropellos, masacres y absurdos como para pensar  que “una sola vez” pueda convertirse  en buena noticia.
            No estoy negando que con la resurrección de Jesús algo importante ha acontecido. Efectivamente cuando consideramos la resurrección como un proceso que arranca desde la cruz y seduce a la acción, y al mismo tiempo establecemos la relación entre la fe en la resurrección y exigencia de justicia, entonces evidenciamos la importancia capital de la resurrección. La consideración de la resurrección como “buena noticia” queda ciertamente opacada por el escándalo de la diferencia cualitativa o, como lo formula J. I. González Faus retomando las palabras de J. Sobrino, el problema está precisamente en que no sólo la pretensión del reino “no ha llegado todavía”, es decir, la historia no ha llegado a ser lo que debe ser, sino que, lo que es peor todavía, es contraria a lo que debe ser[vi].



[i]     Esta expresión pertenece a H. Marcuse, Das Ende der Utopie, 1967, p .20, recogida por J. Moltman en El Dios Crucificado. Sígueme, p. 240
[ii]    E. Galeano, Las venas abiertas de América Latina, Siglo XXI, Madrid, 1985, p. 78
[iii]   “El escándalo cristiano de la diferencia cualitativa radica en la cruz de Cristo resurgido” en El Dios crucificado de J. Moltmann, p. 241
[iv]   Véase de J. Sobrino, “La pascua de Jesús y la revelación de Dios desde la perspectiva de las víctimas”; RLT 1996, p. 80; “El resucitado es el crucificado”, Sal Terrae, n. 826 (1982), p. 189
[v]    La expresión pertenece a K. Rahner y se encuentra en K. Rahner y W. Thüssing, Cristologia: estudio teológico y exegético, Cristiandad, Madrid, 1975, p.50
[vi]   J. I. González Faus, “Utopia del reino y realismo del dolor”, RLT, 1994, p. 35