martes, 27 de mayo de 2014

El problema de la justicia en la resurrección (parte 1)
 
1. Fe en la resurrección y exigencia de justicia
            Visto desde Jesús  y su trágico final en la cruz, la resurrección aparece como su justificación. Condenado a morir en la cruz por los poderes de este mundo en razón de la actividad que desarrolló, la proclamación de la cercanía con Dios los pobres y la crítica de la religión y de los ídolos, Dios le restituye su dignidad perdida al estar colgado de un madero, resucitándole. Esto significa que Dios aprueba su actividad y le reivindica frente a la injusticia en él cometida. Desde este punto de vista, la resurrección es la realización de justicia sobre el condenado injustamente.
            La extensión aquí, aunque no cae por su propio, de las consecuencias de la resurrección para las grandes mayoría suele estar diversamente planteada. En general, se desprende aquí la validez de la actividad de Jesús, aunque la percepción de esta validez no arranca de la resurrección sino desde la cruz. También aquí consecuentemente, se ratifica la voluntad de Dios por manifestar su cercanía y su disposición de hacer triunfar la vida sobre la muerte, la justicia sobre la injusticia.
            Es precisamente esto último lo que queremos discutir. La teología ha recuperado precisamente este punto de cara a la grave situación de injusticia que viven tres cuartas partes del mundo y la expresa como la esperanza puesta en que Dios no sólo hará finalmente justicia (es discutible lo que aquí significa “finalmente”), sino que está comprometido con la realización de la justicia.
            Sin lugar a dudas hay una intrínseca relación entre la fe en la resurrección y la realización de justicia. Lo que precisamente hay que determinar es la relación entre la fe en la resurrección y la exigencia de justicia. No se discutre ni se pone en duda aquí, por tanto, esta relación ni las consecuencias que por sí la resurrección tiene tanto para Jesús como para la imagen de Dios. Jesús y su misión son objeto de reivindicación y sin duda Dios ha mostrado el compromiso que con Jesús tenía justificándole. Lo que hay que determinar son las consecuencias que la resurrección y la justificación tiene para la fe, en relación con la exigencia de justicia, y sus implicaciones para la historia y las grandes mayorías.
            J. Moltmann remarca fundamentalmente dos cuestiones. En primer lugar “Dios se ha definido escatológica y definitivamente por el resurgimiento de Jesús como el Dios que resucita a los muertos[i], manifestando su decisión a favor de la vida sobre la muerte; pero se trata también del “símbolo del inicio del nuevo mundo de la justicia de Dios” de modo que ese futuro ha irrumpido ya y “se ha adueñado ya, gracias a ese uno, de este mundo irredento, condenándolo a ser un mundo que pasa”[ii]  de modo que el compromiso de Dios con la realización de la justicia en la historia ha irrumpido ya de alguna manera.
            J. Sobrino se sitúa en una línea similar a J. Moltmann. La resurrección de Jesús es “formalmente una acción liberadora, hacer justicia a la víctima”[iii]  de modo que en directo muestra “el triunfo  de la justicia sobre la injusticia” convirtiéndose así “en directo en buena noticia para las víctimas: una vez, y en plenitud, la justicia ha triunfado sobre la injusticia, la víctima sobre el verdugo[iv] – como anhelaba Horkheimer”, de modo que si la resurrección de Jesús tiene algún significado hoy es precisamente que “puede dar esperanza a inmensas mayorías de la humanidad”[v]. Dicho de otra manera, y en palabras de J. Pagola, con la resurrección de Jesús, “la última palabra no es para la brutalidad de los hechos que nos oprimen”[vi].


[i]                Véase Jürgen Moltmann, El Dios crucificado, Sígueme, p. 263
[ii]          Ib.id. p. 234 y p. 236
[iii]         Véase “La pascua de Jesús y la revelación de Dios desde la perspectiva de las víctimas”, RLT 1996, p. 80
[iv]   Hay una diferencia entreMoltmann y la cita en referencia que hace J. Sobrino: para Moltmann esta nueva justicia significa ciertamente que el verdugo no triunfará más sobre la víctima, pero que tampoco la víctima triunfará sobre el verdugo. Véase la obra citado de J. Moltmann, p. 248
[v]    J. Sobrino, “El resucitado es el crucificado. Lectura de la resurrección de Jesús desde los crucificacdos del mundo”, Sal Terrae, n. 826 (1982), p. 186
[vi]   J. Pagola, “El señor ha resucitado. Relato de una experiencia; consecuencias de un encuentro”, Sal Terrae, 1982 (3) pp. 167-179