sábado, 6 de septiembre de 2014

La paz y los conflictos: una reflexión sobre Mateo 10,34



            El término Μαχαιρα [majaira] significa literalmente “espada”, pero también “guerra”, significado que parece el más lógico en esta partícula de Mateo, en la medida que el sentido común nos lanza como antónimo de paz, guerra. Puede indicar también “muerte violenta” que en todo fue el destino de Jesús mismo.



            Analicemos, sin embargo las raíces del término. Dos términos son claves:



a.       Μαχη [maje]es riña o lucha y por tanto, conflicto



b.      Μαχομαι [majomai] es el verbo correspondiente pero que incluye el sentido de luchar y discutir.







Reflexionemos ahora el punto. En primer lugar, no se trata de una simple oposición de términos paz vrs. guerra. Sabemos que paz no es la mera ausencia de guerra; eso es sólo la paz en su versión negativa, es decir, que indica lo que está ausente, no lo que hay presente. Esto nos debe llevar a considerar así mismo que de introducir preferentemente «conflicto» o «lucha» en vez de «espada» o «guerra», no estamos indicando una contraposición entre paz y conflicto, como si la paz fuese la ausencia de conflicto. Esta es otra consideración errónea en la medida que el conflicto es un elemento constitutivo de la vida humana y por tanto inexorablemente ausente. La paz no está medida en términos de ausencia o presencia de «conflicto» sino en términos de nivel de conciencia y del balance de poder, referido a las relaciones.



Ahora bien, tampoco es descabellada la consideración de sustitución hermenéutica. De hecho el conflicto por excelencia para el ser humano es la guerra y el instrumento icónico, la espada. Al mismo tiempo, esta cita ha solido dar más de un dolor de cabeza a exégetas y predicadores. ¿Qué quiso decir realmente Jesús con que no traía la paz, sino la guerra o la espada? Se dice que Jesús traía contradicción poniendo padre contra hijo, etcétera, y que vendrían guerras por ello. Pero también las hubo antes, es decir con y sin cristianismo, por tanto no parece que sea relevante este punto. Por otro lado, suena mucho a justificación del medioevo con respecto a las Cruzadas.



Pero, ¿es realmente significativa la sustitución con fines hermenéuticos? Podemos interpretar mejor si leemos «no he venido a traer la paz, sino el conflicto». Esto es coherente desde la perspectiva de construcción de paz. Ya hemos señalado un primer punto: el conflicto no es lo que se opone a la paz; puede ser incluso una oportunidad para la paz en la medida que nos permite reconocer focos de tensión, desbalance en la relación de poder y por tanto, movernos hacia la transformación de las relaciones.



Por otro lado, permite ubicar con mayor justeza la actividad y presencia de Jesús. Con frecuencia es presentado con una imagen pacificadora, sin duda más intimista que social. A ello contribuyen otras citas e imágenes como «poner la otra mejilla», «mi paz les dejo», «den al César», Jesús como el cordero, etc. olvidando que el poner la otra mejilla tiene una connotación de resistencia noviolenta, que no se trata de la paz como la da al mundo y que se trata de la lucha contra los poderes de este mundo. Jesús sin duda con su actividad despierta oposiciones. Pero estas oposiciones son sanas.



La presencia o manifestación del conflicto, e incluso su exacerbación no significa alteración de la paz. Claro, a menos que identifiquemos con paz la «pax romana» en vez de identificarlas con «relaciones justas». El conflicto aquí aparece como el medio desvelado precisamente de esta actitudo pasiva que la «pax romana» necesita para garantizar seguridad y tranquilidad. Y Jesús trae el conflicto.



¿En qué sentido podemos decir esto? En primer lugar hay que decir que no porque lo traiga o lo diga Jesús es simplemente positivo o bueno. Depende de su tratamiento. Pero, en todo caso, su presencia o reconocimiento nos posiciona ya positivamente al menos en el cauce posible de su tratamiento al develar una relaciones determinadas (ideológicas, políticas, sociales, humanas). El mensaje de Jesús y su actividad develan un conjunto de relaciones no-pacíficas; relaciones que toda la teología y los evangelios recogen y por tanto no hace falta aquí explicitar, baste para ello citar las bienaventurazas (Lc 6,20ss). El develarlas ya explicita el conflicto, un conflicto ya existente, pero latente. Por eso, Jesús no trae la paz, sino el conflicto y por tanto, y en ello, la oportunidad de transformar esas relaciones.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Reflexiones sobre la “justicia negociada”



El día de ayer jueves 4 de septiembre, el Juzgado Especializado de Santa Ana imponía una pena de cárcel de 2 años y medio a Antonio Rodríguez López, pena que se conmutó bajo ciertas condiciones. Esto fue posible a raíz de la realización de lo que se conoce como proceso o juicio abreviado. La Fiscalía reconoció que tenía un convenio con la defensa, representada por FESPAD, a fin de realizar un proceso abreviado disponiendo de la confesión extrajudicial adecuadamente testificada de parte de Antonio Rodríguez. Por tanto, la Fiscalía podía argumentar colaboración de parte del indiciado y por tanto favorecerle con el proceso.
Esto implicaba mostrar benevolencia con Toño. La Fiscalía pidió, no las penas máximas, sino su versión reducida de los delitos que se le imputaban, sumando los dos años y medios que por legislación son posibles de cumplir sin encarcelamiento. Para esto, la Fiscalía tuvo que solicitar el sobreseimiento definitivo para el delito de asociaciones ilícitas. El proceso dura casi exactamente una hora: un proceso abreviado en el tiempo y en las penas impuestas. Esto es lo que el Fiscal a cargo, Álvaro Rodríguez, reconoció como justicia negociada.
¿Se puede negociar con la justicia? ¿Qué estamos entendiendo aquí, y en general, por justicia? Si por “justicia” entendemos ese conjunto de procedimientos, acciones y decisiones jurídicas propias de lo que conocemos como sistema nacional de justicia, entonces “justicia negociada” no sólo es posible, sino que es una actividad cotidiana. Hay al menos dos detalles a comentar:
a. Una general: pareciera que tienden a existir unas personas más favorecidos que otros para este tipo de procesos… Como decía Monseñor Romero, “la justicia es como las serpientes: sólo muerde a los descalzos”. Y entonces resulta que hay que tener influencia, medios o gozar de ciertas prerrogativas para poder acceso la justicia negociada, gozar de un juicio abreviado y tener penas excarcelables.
b. Una concreta que más vale como pregunta: El Fiscal General de la República ha dicho en repetidas veces que no está dispuesto a negociar con delincuentes. Si Toño es “un traidor a la sociedad”, en palabras del mismo Fiscal General de la República, ¿se puede negociar la justicia con un traidor a la sociedad? Esa respuesta le compete al señor Fiscal.
Sin embargo, justicia también podemos entenderla en su sentido más pleno y profundo. No se trata del sentido conservador retomado del concepto clásico griego de “dar a cada uno lo suyo” y que en términos retributivos es: premios a los buenos, castigo para los malos. Aquí se deslizan muchas personas, incluso que se precian de rectos y moralmente intachables, cuando piensan que la única respuesta es pena, cárcel y sufrimiento… “¡que pague por lo que hizo!” gritan. Y está bien… lo que no está bien es que ese pago lo identifiquen con más violencia. Incluso más: mucho esos críticos de moral intachable suele pasar que han olvidado que también en su momento recibieron algún beneficio legal por hacer, por ejemplo, relajos públicos por sus borracheras.
En un sentido más pleno y profundo, tomando como referencia el término  shafat del antiguo testamento (me refiero a la mentalidad genuina hebrea, no estoy hablando de judaísmo), el juzgar y la justicia no se trata tanto de litigio, sino de un acto de discernimiento; no es sólo la restitución de los derechos de cada uno, sino también lo que se ha roto por la desavenencia. “Su primera finalidad –dice Verkindere, un especialista del antiguo testamento – no es tanto el respeto riguroso de la legislación… sino el restablecimiento de las relaciones armoniosas que fundamentan la unidad del pueblo”.
Aquí no caben las negociaciones debajo de la mesa. Fundamentalmente porque los términos del necesario restablecimiento de las relaciones suelen ser más o menos evidentes. A la realización de un delito normalmente le acompaña el quebrantamiento de las relaciones (familiares, sociales, etc.) El daño ocasionado debe ser reparado, para lo cual debe preceder la aceptación de la responsabilidad en la realización de los hechos. Si no hay reparación y responsabilidad, corremos el riesgo, para el hecho pero también para los afectados, que no terminemos de entender lo que pasó y que por tanto, no establezcamos con claridad medidas para que los hechos no vuelvan a ocurrir. No se trata de meros actos de benevolencia, sino estricta justicia. No se trata de negociaciones basadas en subterfugios de la ley, sino de justicia. Justicia Restaurativa por cierto.
Que no vayan a venir a decir ahora que por términos de justicia negociada y subterfugios de la ley ahora la Fiscalía va a favorecer con juicio abreviado, oportunidad de criterio por colaboración y medidas sustitutivas a Francisco Flores. Esa es la diferencia entre cualquier idea de justicia y la justicia verdadera.

sábado, 2 de agosto de 2014

¿Por qué el proceso contra Antonio Rodríguez?

No lo sé. Pero huyo de las explicaciones fáciles que aunque puedan ser atinadas, creo que no terminan de explicar la realidad. Y como la realidad es compleja, no puede haber explicaciones fáciles. La lógica de la realidad, por muy perversa que sea, debe mostrar su complejidad en cierta sencillez (que no es lo mismo que una explicación simple o fácil)
1. Me parece que es un tipo de persecusión, pero ¿de qué tipo? No es la persecusión de los años 70 contra la Iglesia en razón de su trabajo inspirado en la fe. Podría haber otros personajes clave que enfrentar, pero además en este rubro, después de noviembre de 1989, es prácticamente imposible a menos que estuviesemos a la vuelta de un estado autoritario fascista (o fascistoide por lo de los gustos), que creo no es el caso. Desde otro punto de vista, no todo los sacerdotes son lo mismo. No pueden serlo. Aquí no es lo mismo Mons. Romero, Ignacio Ellacuría... etc. y Antonio Rodríguez. Labores, contextos, perfiles distintos.
2. Creo que tampoco se trata de una persecusión contra los defensores de derechos humanos. En este punto de ser posible, normalmente se comienza por los eslabones débiles o asequibles. Hasta donde sé, no hay indicios reconocibles de que se esté fraguando una estrategia en este sentido, a menos que se trate de una medida fragmentada y desesperada. Lo cual puede ser posible, pero entonces la explicación mejor vendría de la determinación de quién es el perpetrador desesperado.
3. Tampoco lo veo como el inicio de una estrategia contra toda posibilidad de la tregua. Habrían fácilmente encontrado blancos más asequibles e incluso documentados según se viene diciendo en los medios contra algunas figuras. Que hay una serie oposición contra las posibilidades de la tregua y el diálogo es cierto y preocupante (que haya sectores con la figura del diálogo siempre es preocupante). Otra vez, es útil en términos de análisis el determinar quién o qué es el adversario de la tregua y el diálogo.
4. ¿Qué representa la figura de Toño? Ciertamente viene desde ya varios años en el ruedo de la violencia y las pandillas. Y en ello ha sido una figura problemática para muchos sectores. Todo intento de análisis serio debe incluir todas las aristas posibles y esta es una de ellas. Toño estuvo a favor del diálogo con las pandillas (2010), se pronunció contra la tregua (2012), declaró su apoyo a la tregua (2013) para volver estar en contra ya bajo la administración Perdomo en el Ministerio de Justicia. En las críticas ha hablado de estado fallido, de tregua mafiosa, responsabilizó a Mons. Colindres del asesinato de un colaborador suyo (Giovani) además de cargarse a Mijango y a Munguía Payés, siendo al mismo tiempo considerado en diversos momentos para integrarse en alguna parte del gabinete gubernamental. Es decir, el análisis crítico debe hacerse acompañar de cierta consistencia en el tiempo. Creería que el período más tranquilo a nivel de críticas fue cuando más cercano estuvo al poder, en el caso de Perdomo al frente del Ministerio de Justicia. Este es un elemento importante a la hora de hacer las valoraciones en cuanto a los delitos que se le imputan.
5. El delito de las asociaciones ilícitas es casi una delito genérico que imputan casi a quien sea por retenerlo y es el más difícil de probar. Sin embargo, ha servido para reprimir, detener y criminalizar a muchos jóvenes. Cualquier cosa puede ser asociación ilícita, pero casi nada es sostenible. El segundo delito, introducción de objetos en centros penales, normalmente se asume como delito de hecho... decir seis o doce meses después que se realizó es difícil de sostener y probar. El tercer delito es más un enigma: tráfico de influencia. Este requiere dos para bailar. ¿Quién es la contraparte como autoridad gubernamental con el que podría haberse consumado el ilícito? Este quizá sea la clave posible de interpretación del proceso.
6. Por tanto, hay muchos cabos sueltos y sectores diversos posibles de estar interesados en retener, palabra o acción de Toño. Quizá la documentación del proceso jurídico irá dando luz sobre algunas hipótesis. Lo que puede decirse es que debe haber elementos de peso, claves de análisis que desconocemos, como para que el ministerio público se lance al arresto, sin medir consecuencias y costos. Como se dice popularmente, “el que como cura revienta”, pero aquí parece que puede haber réditos mayores aunque los costos sean altos. O ha sido un error garrafal
Con todo, hay algunos elementos a nivel de tendencia sobre los que debe ponerse cuidado:
a. Los excesos del fiscal general. No puede llamar a nadie “traidor” aunque sólo sea una figura retórica. Viniendo del fiscal la expresión, hay que remitir el término a lo jurídico. La figura de traición sólo está en el Código Militar. Me parece totalmente inapropiado del fiscal que utilice esté término al ámbito civil. Son residuos de una visión autoritaria y militarista.
b. El uso indiscriminado de testigos criteriados. Al parecer, habría algún testigo criteriado en el caso de Toño, pero independientemente de ello, esta deber ser una práctica que de regularse y monitorearse más. No sería el primer caso de incriminación gratuita. En todo caso, el fiscal general ha sido el más férreo opositor de la “negociación con criminales” en el caso de la tregua. Pero, ¿acaso la presencia y testimonio de un criteriado no es producto precisamente de una negociación con alguien que está siendo procesado por un delito? Entonces ¿se puede o no se puede?
c. La criminalización del trabajo de prevención de la violencia. En consonancia con lo anterior hay un sector conservador y de visión estrecha que se opone al diálogo, en todas sus modalidades, cuando es un principio fundamental de la cultura de paz, promoviendo las medidas autoritarias y represivas ante el problema de la violencia. Criminaliza la violencia mirándola desde el enfoque de seguridad en vez de abrir más las ojos y caer en la cuenta que el problema de la violencia y las pandillas, antes de ser un problema delictivo, es un problema social y que por tanto requiere medidas sociales.


Y esta es una consecuencia a la que debemos poner mucha atención. Si trabajar por la paz, a través del diálogo, en la búsqueda de alternativas va a constitirse en delito perseguible para sólo quedar con la alternativa de la represión y el manodurismo, entonces sí que estaremos en serios problemas (como si no estuviésemos ya en serios problemas). La pregunta es ¿a quién le interesa que reine la represión, el autoritarismo y el manodurismo?

sábado, 19 de julio de 2014

Comentarios críticos sobre maras y pandillas desde la criminología


Hace unos pocos años, intentando comprender mejor el tema de “maras y pandillas” di con un par de artículos que me parecen sumamente importantes. Ya había hecho mi propia experiencia de campo en el trabajo con pandillas (véase “Pandillas, Juventud y Violencia”) y estaba en ese momento colaborando en un análisis crítico para hacer una propuesta de políticas públicas en prevención de la violencia juvenil (véase el “Documento para la discusión”).

Estos dos documentos son por un lado, el artículo de Martín Sánchez – Jankowsky titulado “Gangs and Social Change”; por otro, “The Criminologists´Gang1. Me permito presentar algunas de las ideas de este artículo y comentarlas desde nuestra propia realidad salvadoreña. No pretendo ser exhaustivo respecto al artículo, sino más bien extraer críticamente elementos que puedan iluminar nuestra realidad (los números en paréntesis hacen referencia al artículo del Criminologists´Gang)

1. ¿Son las maras o pandillas grupos típicamente territoriales o se han convertido en “grupos empresariales” ligados a narcotráfico o a alguna actividad delictiva? Hay de ambos. El problema se puede ver como una cuestión social, marginación de grupos específicos, o como un problema delictivo de seguridad, bandas de narcotráfico. Dice el Criminologist´s Gang: “la controversia puede ser producto de diferentes muestras de lo que son fenómenos muy diferentes: aquellos que ven expresamente pandillas callejeras [estas son las street gangs o las pandillas de chancleta que decimos] y aquellos que ven pandillas empresariales relacionadas con las drogas, pueda que no estén viendo la misma cosa (p. 92)

2. ¿Cuáles son los elementos de causalidad que debemos tener presentes respecto a las maras / pandillas? Disponemos de diversos estudios descriptivos de las pandillas, así como reportes de asocio de tales grupos con actividades delictivas. Y sin embargo, estamos limitados en el abordaje de ciertos temas clave y hemos dado por supuesto cierto tipo de cosas asumiéndolas como realidad, por ejemplo el hecho que las pandillas son estrictamente delictivas y/o estrictamente violentas. No estoy hablando de en específico de un grupo, sino de lo que podemos llamar “pandillas como fenómeno”. Contamos con el hecho que decir mara / pandillas es decir violencia o delito. Una simple pregunta comparativa entre El Salvador y Nicaragua nos ayuda al menos a cuestionar ciertas cosas: habiendo pandillas en Nicaragua como en El Salvador, ¿por que en Nicaragua las pandillas / maras no son “tan” violentas como las de El Salvador? Aunque hay varias maneras de responder a ello, por ejemplo Nicaragua y El Salvador cuentan con cuerpos policiales con perfiles sumamente diferentes, un elemento clave es que en El Salvador convivimos con una cultura de la violencia específica. Nuestras pandillas / maras son “más” violentas porque nuestra cultura (como hábito, manera de convivir, de resolver las cosas, de enfrentar las diferencias) es violenta. Nuestra cultura es violenta, las pandillas son violentas.
Pués en el campo de los especialistas de criminología de pandillas, pués hay sus atascos. Dice el Criminologist´s Gang que hay al menos tres preguntas clave a las que falta dar respuesta con una investigación seria: “Los individuos se vuelven más criminales en virtu de ingresar a las pandillas [o más bien, las personas ya son violentas cuando ingresan a las pandillas]? ¿Incrementan las pandillas el nivel de violencia criminal en la sociedad? Tomando las pandillas como fenómenos colectivos, ¿qué es
responsable de su aparecimiento, declinación, diseminación y evoluciíon hacia mayor o menor violencia? (p. 94)

3. Por eso ¿cómo reconocemos el accionar de una mara o pandilla? Por eso es curioso que tras cada hecho delictivo se diga casi siempre “se sospecha de rencillas entre pandillas”? ¿Cómo saben? ¿Cómo las identifican? ¿La inteligencia policial ha alcanzado un grado superior de conocimiento y ha superado a los especialistas criminológos? No tengo dudo que una parte de la violencia y del delito que se realiza en El Salvador está vinculado con maras o pandillas, pero no toda la violencia ni todos los delitos. Mientras no identifiquemos rigurosamente (¿es que se puede proceder de otra manera?) qué es una pandilla, entendamos su proceder y así mismo entendamos que es la violencia y su causalidad, tendremos un cúmulo de sospechas e indicios sobre los hechos, pero con pocas certezas.



1El documento preparado para Interpeace en el programa POLJUVE esta en http://www.interpeace.org/publications/central-american-youth-programme/35-youth-violence-maras-and-pandillas-in-el-salvador-spanish/file. Los otros dos texto son, de Martin Sánchez – Jankowsky, Gangs and Social Change en Theoretical Criminology, Vol. 7 (2): 191-216; J. Katz y C. Jackson-Jacobs, The Criminologists´ Gang en C. Summer (ed) the Blackwell Companion to Criminology, Oxford, 2004 (hay una copia digital en http://www.sscnet.ucla.edu/soc/faculty/katz/pubs/TheCriminologistsGang.pdf

martes, 17 de junio de 2014

Prevención de la violencia. Siete reflexiones desde la sociedad civil

1. Por cifrar un número, digamos en los últimos diez años, es decir el último gobierno de ARENA y el primero del FMLN, hemos invertido en términos globales cerca de un millón de dólares mensuales en eso que hemos llamado “prevención de la violencia”. Estos 120 millones nos deberían hacer cuestionar lo que hemos hecho, estado y sociedad civil, cuando menos para caer en cuenta que deberíamos cambiar de rumbo. Como sociedad civil no siempre hemos alcanzado conciencia de esto.

2. Con fina ligereza hemos confundido la violencia con el delito y con ello la prevención del delito como la prevención de la violencia. Hemos pretendido prevenir la violencia como represión del delito mientras ensayamos divertidas opciones para jóvenes “en conflicto con la ley” (la expresión me parece inadecuada, pero no es lugar para explicarlo). El delito es la violación de la ley; la violencia es la violación de las relaciones comunitarias, sociales e interpersonales. La violencia es un asunto de la convivencia; el delito es un asunto de individualización jurídica. Esto ha tenido sus consecuencias. Una de las más fuertes confusiones creadas es que reducimos la prevención de la violencia a la prevención del delito y esto a represión de las pandillas: hemos reducido el problema de la violencia al problema de las pandillas. Y esto es reducir la realidad. La realidad de la violencia es más amplio y complejo que el problema de las pandillas.

3. A mi modo de ver las cosas, no hemos hechos los esfuerzos necesarios y posibles para entender la violencia. Para prevenir la violencia hay que entenderla. Y nos hemos decantado por soluciones fáciles. Hemos pensado que la causa de la violencia es el ocio de los jóvenes y entonces los entretenemos con deporte y pintura (creo que arte, cultura y deporte es importante y el MINED está haciendo esfuerzos importantes para extender el currículo, pero eso no previene automáticamente la violencia). Hemos creído que la violencia es un problema delictivo y entonces endurecemos leyes, elevamos las penas y reprimimos el delito... y la violencia sigue. Confundimos factores de riesgo con causas de la violencia. Mientras no hagamos el esfuerzo por entender la violencia, seguiremos dando bandazos: la violencia es una epidemia, pero no sólo como factor estadístico: tiene una causa (condición de humillación en el plano interpersonal y social), vectores de propagación (castigo) y factores de riesgo (de todos conocidos).

4. Hace casi 15 años edite un trabajo de un colega (ahora residente en EEUU). Se tituló: Justicia Restaurativa: una propuesta para El Salvador. Es probablemente el primer trabajo sobre justicia restaurativa que se publicó en El Salvador... de ahí para acá, el camino de la Justicia Restaurativa ha sido tortuoso. Con esto quiero decir que la sociedad civil, (Iglesia, ONGs, Universidades) suele realizar experiencias (“pilotajes”), desarrolla planteamientos... pero no los impulsa. Los dejamos engavetados. Suele pasar porque no los situamos en perspectiva estratégica, de su impacto para el mediano y largo plazo, y nos quedamos con la necesidad de presentar un informe a la cooperación. Necesitamos construir más sólidamente desde la experiencias concretas que venimos desarrollando.

5. Una de las taras más grande en este campo es la fragmentación de la acción estratégica. Le pasa al estado, le pasa a la sociedad civil. Cuando se impulsó la iniciativa de los “municipios libres de violencia” una de los elementos de éxito fue la coordinación entre diversas instancias del estado que normalmente van jalando cada una por su lado. En la sociedad civil está fragmentación es similar. Una cosa es que haya diversidad, lo cual es necesario y natural, y otra cosa es que las organizaciones instituciones no comportamos información, planes y acciones. En parte es el mal del protagonismo y de los egos necesitados de ser inflados por las cámaras. Por supuesto, hay iniciativas en camino: CCPVJ y PSJ son dos en este sentido.

6. Relacionado con esto está la manera cómo vemos al estado. Siempre me ha resultado curioso cómo los protocolos y los cargos transforman a una persona común y corriente. Por supuesto, se determina una autoridad, una a la que la sociedad civil no siempre se muestra crítica frente a los planteamientos que haga. Quiero decir que como sociedad civil algunas veces nos hemos dejado llevar por el encanto de codearnos con la autoridad del estado olvidando nuestra aspiración de incidencia. Los últimos meses ha sido ilustrativo de este punto: han aparecido convocatorias aquí, comisiones allá, y aunque me parece importante asistir y enterarse y generar las acciones necesarias, no siempre lo hemos hecho con el espíritu crítico que nos debe tocar. Si vamos a apostarle en serio a la prevención de la violencia, no podemos excluir nadie en nombre de nada y al mismo tiempo, y al mismo tiempo vamos a trabajar políticamente serios, pero desprovistos de toda politiquería egocentrista.


7. La respuesta a la violencia es compleja. Hay que dar respuestas inmediatas mientras empujamos procesos a futuro. Hay que trabajar en la escuela y en la comunidad, con la juventud y la niñez, pero también con los menos jóvenes. Hay dos temas que deberíamos buscar que estén siempre presentes y una manera de hacerlo. Debemos aprender y enseñar a resolver los conflictos de modo que no se use la violencia. Buena parte de la violencia viene de aquí. Impulsar el enfoque de transformación de conflictos es clave. Segundo, deberíamos encaminarnos en la transformación de nuestras práctica punitivas: el castigo no resuelve, sino que má bien promueve la violencia. Esto es válida en la casa, en la escuela, en la comunidad. Esto significa impulsar procesos de justicia restaurativa en la escuela, en la casa, en la comunidad, en la cárcel. Un modo de hacerlo: todo proceso éxitoso de prevención de la violencia tiene que ser participativo. Esto implica, conceder protagonismo a la juventud.

martes, 10 de junio de 2014

Teoría del caos y el problema de la violencia o como maltratamos el problema de la violencia en El Salvador (parte2 final)

            2. Caos, fractales y la teoría de la violencia
            No pretendo aquí hacer una exposición[1] de la teoría del caos, ni de los fractales, sino simplemente utilizar como referencias algunos principios propios de las ciencias de la complejidad en la medida que dan qué pensar a propósito de la teoría de la violencia, sus usos y desarrollos actuales.

            2.1 Sensibilidad a las condiciones iniciales.
            El punto de partida es esencial. Ecuaciones sencillas de carácter no-lineal, resultan en divergencias sorprendentes tras pequeñas variaciones en el punto de partida o valor de inicio. En las ecuaciones lineales, pequeñas variaciones en el punto de inicio, simplemente muestran pequeñas variaciones en el punto de llegada. Por ello, estamos acostumbrados a que da lo mismo partir de 3.23345 que 3.23347 (una diferencia de 0.00002) puesto que por aproximación llegaremos al mismo resultado. Y sin embargo, en las ecuaciones no-lineales, la referencia esencial en los sistemas caóticos, esto no es así.
            Por ello, hay una cierta inercia a no intentar ser rigurosos en los conceptos mismos frente a la realidad (“si el concepto no coincide con la realidad, peor para la realidad”) y da lo mismo tener más o menos una idea de violencia (ya no digamos de su causalidad). No es casual entonces que, diversos programas de prevención de violencia conduzcan a resultados diversos, divergentes e incluso contraproducentes. Si la causa de la violencia es el ocio, ¡vengan los programas de deporte!; si el problema son las maras, ¡venga el manodurismo!... y sin embargo, la violencia sigue imparable.
            Mientras no seamos rigurosos en el punto de partida y entender adecuadamente qué es violencia y donde está su causa, seguiremos llegando a resultados divergentes cuando no contraproducentes.

            2.2 Recuperar lo cualitativo frente a la dictadura de lo cuantitativo.
            Tradicionalmente se ha aceptado que lo cuantitavo expresa mejor el anhelo explicativo de la ciencia, teniendo como principal referente a la matemática en general, puesto que la naturaleza (y la realidad) está escrita en lenguaje matemático (Galileo). Esto es plausible e incluso cierto. Pero hay un salto aquí a lo cuantitativo, porque incluso en su punto de partida, la matemática ha sido algo más que pura cuantificación. Es la diferencia entre Pitágoras y Euclides. La geometría es en principio cualitativa (sin dejar por ello de lado lo cuantitativo y el esfuerzo por cuadrar el círculo). Pero incluso la geometría de Riemann, con todo y sus ecuaciones complejas, no deja por ello de ser cualitativa. Esta es la recuperacion clave que los fractales han hecho desde la recuperación que G. Julia o B. Mandelbrot hicieron. Sin intentar dejar de medir (como puede ser el caso de la difícil medida de la dimensión fractal por medio del principio de Hausdorff) se vindica aquí la belleza fractal de la naturaleza, destacando también como matemático su dimensión cualitativa. Es encantador re-conocer la matemática, también, como una ciencia de la cualitativo.
            Para el problema que nos ocupa, ha sido sintomático que la mayoría de los estudios sobre la violencia hayan sido sobre todo cuantitativos (cuántas víctimas, cuántos creen que las maras son responsables, cuánto cuesta la violencia...) y sobre todo como estudios de opinión pública. No se niega el aporte analítico de muchos de estos estudios, pero algo quiere decir que el ente rector de los estudios sobre la violencia haya sido el Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP) y no el Departamento de Sociología o de Filosofía (en el caso de la UCA) o que la página clásica de internet del PNUD sobre violencia esté cargada de estadísticas y mediciones.
            El cargar con el problema de la violencia que la realidad nos arroja deberá pasar inevitablemente por un estudio riguroso del asunto por todos los medios posibles y no necesariamente reduciéndolo a estudios cuantitativos.

            2.3 Complejidad, simplificación y no-linealidad
            De ordinario, la física está montada sobre simplificaciones para poder explicar la naturaleza. Dada la complejidad de los fenómenos, es decir procesos en los que intervienen un sinnúmero de variables, estos para ser comprensibles han de ser simplificados. Así, para el movimiento lineal uniforme o la caída libre suponemos un coeficiente de rozamiento cero o resistencia del aire igual a cero. Introducir estas variables complicaría en extremo nuestras ecuaciones haciendo difíciles los cálculos. Este es el meollo básico del problema de los tres cuerpos, clasico de la teoría del caos, y del que Poincaré tuvo que afirmar no hay ecuación que la rija. De hecho, la puede haber, pero es extremadamente compleja por el número de variables implicadas. Por ello, nuestros análisis de la interacción gravitacional entre dos cuerpos deben suponer que no hay un tercero implicado (¡siempre la existencia de un tercero complica la relación entre dos!).
            Por ello, siempre se habría preferido la simplificación metodológica y el descarte de la no-linealidad. Y sin embargo, la teoría del caos muestra, como por ejemplo para el estudio de sistemas climáticos, que aun en su intrincada complejidad, estos están regidos por ecuaciones sencillas, más no-lineales. Los cálculos pueden ser difíciles y el manejo de las ecuaciones diferenciales involucradas sumamente complejas, pero tienen la potencialidad de responder, más que a expresiones ordenadas de hallazgos, a patrones de comportamiento (con su respectiva expresión visual geométrica como la belleza de las mariposas de Edward Lorenz).
            La no-linealidad y complejidad es más norma que excepción. Otra cosa es que no hayamos determinado los patrones de comportamiento por medio de sencillas (o difíciles) ecuaciones. En el mundo de la violencia seguimos viviendo el mundo de la linealidad donde las funciones de los factores asociados pueden sumarse para seguir entiendo la violencia y sus causas. Mientras no se reconozca el carácter complejo y no-lineal del fenómeno de la violencia, seguiremos sin comprender su propia dinámica y sin entender que, aunque se cruzan un sinnúmero de factores asociados, en principio se rige por ecuaciones sencillas (como lo expresa la teoría de Gilligan), pero poderosamente complejas en su expresión y manejo conceptual.

            2.4 Recursión e iteración
            Una característica asociada a las ecuaciones que configuran el caos y produce la belleza de los fractales es la de recursión: la operación sobre sí misma. Sumamente común en ciencias de la computación (una función se exige operativamente a sí misma para resolverse) ha tendido a ser soslayada como una característica de los fenómenos humanos y sociales.
            La complejidad de los fenómenos sociales suponen una retroalimentación de otras variables y del fenómeno en sí mismo. En el problema de la violencia, la violencia se recrea a sí misma, porque se retroalimenta de sí misma. Este es la base del principio de que la violencia engendra más violencia y es la razón por qué métodos manoduristas para intentar prevenir la violencia tiene como resultado más violencia, sobredimensionando aún más lo que se pretende reducir.

            3. El orden que emerge del caos.
            Hemos tendido a denominar caótico aquello desprovisto de racionalidad, comprehensibilidad y de comportamiento errático. Como tal, no puede ser definible y asible. La teoría del caos no pretende decir que comprende el caos; dice que aquello que aparentemente es caótico, en realidad responde a un orden, a un patrón de comportamiento, algunas veces asociado a un conjunto de ecuaciones sencillas de carácter no-lineal.
            En el fondo el problema ha sido que hemos tendido a denominar como caótico aquello que no somos capaces de comprender y que corresponde más al azar. Hemos intentado imponer a la realidad las limitaciones de nuestra razón, negando “realidad” a la realidad y simplificándola a aquellas interpretaciones adecuadas, racionales y exactas. Pero en realidad hay un orden y (quizá) una razón. No es gratuito que en principio imperaba el caos, aunque el espíritu se movía sobre él, como se dice en el Génesis.
            Ha sido la intención de estas breves páginas reconcer nuestra situación intelectual frente a un problema específico de la realidad, intentando problematizar el asunto tomando en cuenta los aportes que la ciencia arroja sobre las cosas, para al menos plantear dos cosas:
            a. Poner en cuestión nuestro saber sobre las cosas, en específico sobre la violencia
            b. Intentar arrojar luz sobre el tratamiento que podemos darle a nuestro problema en tanto problema de la realidad a partir de otras comprensiones de la realidad misma.
            En todo caso, no se trata que la filosofía arroje las soluciones sobre la problemática. Pero que, a pesar de no extraer discutir todos los elementos propios de las ciencias de la complejidad, podemos intentar un camino para acercarnos mejor a la realidad y decir lo que las cosas son.



[1]    Cf. Coles Peter, From cosmos to chaos: the science of unpredictability; Péter, Érdi. Complexity explained. Springer, Berlin, 2008

viernes, 6 de junio de 2014

Teoría del caos y el problema de la violencia o como maltratamos el problema de la violencia en El Salvador (parte 1)


Si hay un problema de la realidad que se muestra no sólo sempiterno, sino como grave preocupación, ese es el de la violencia. Lo de sempiterno no es expresión gratuita. Si tomamos como parteaguas histórico el decenio de la guerra civil, que por sí mismo es un período violento, el país fue violento antes de ese período y lo es después de los acuerdos de 1992, si bien es sólo en los  últimos diez años que ha alcanzado notoriedad socio-político en el sentido referido a las políticas públicas e incluso cierta relevancia internacional.

            Efectivamente, en el último decenio, por nombrar un período definido de tiempo se ha ensayado una diversidad de programas, políticas y proyectos de prevención, mitigación y reducción de la violencia. Lo que queremos resaltar es el hecho: los diversos remedios y medidas ensayados no han dado resultado. La violencia, en cualquier manera que sea medida, no se ha visto reducida, sino todo lo contrario.
            Tenemos así en realidad un problema doble: en primer lugar, el de la violencia misma y, en segundo lugar, el hecho que no hemos sido capaces efectivamente de hacernos cargo de esa realidad, abordarla rigurosamente y plantear soluciones efectivas.
            Ante esto se suele decir que el carácter complejo de la realidad de la violencia hace difícil abordar la cuestión de la violencia, argumentando precisamente desde la multicausalidad de la violencia. Esto suele querer decir que, aunque se pueda estar actuando tanto como se pueda sobre el problema de la realidad, en realidad no se está haciendo lo suficiente, en razón de esa complejidad, y que se necesitarían, por tanto, más fondos y más actividades para poder ser más efectivos.
            Mi hipótesis es distinta y pretende, por principio, problematizar. Mi planteamiento supone que, en realidad, no hemos podido hacer un análisis riguroso de la violencia. Nuestra incapacidad de comprenderla adecuadamente, nos ha llevado a plantear soluciones que no sólo no han podido contener la violencia, sino incluso ésta se ha agravado. Dicho de otro modo, es preciso entender la violencia para poder prevenirla.
            En primer lugar intento desvirtuar el planteamiento vigente de la violencia, discutiend el sentido de su complejidad. En segundo lugar, puesto que no pretendo en este momento resolver el problema planteado, intentaré brindar posibles pistas de relectura e intuiciones que la teoría del caos y los fractales, nos presenta. Finalizo... no sé de qué manera, quizá planteando los retos que de una u otra cosa nos pueden quedar.

            1. Nuestra manera de “entender” la violencia
            Es curioso revisar los términos de entendimiento que tenemos con respecto al tema de la violencia. No es que no haya habido esfuerzo. Sin embargo, para ser uno de los dos graves problemas de la realidad, la producción intelectual, comparada con el tema económico, es relativamente menos profunda[1] e incluso podría decirse que es cuantitativamente menor, pero ése bien puede ser un argumento menos válido según veremos más adelante.
            A mi modo de ver, el problema del abordaje de la violencia tiene que ver con la rigurosidad con que se le ha tomado. En diversos momentos de los últimos quince años es posible encontrar intuiciones[2] que no han podido ser desarrolladas. En cambio, ha habido una cierta ligereza en el dar por supuesto qué es violencia y que, al mencionar el término, todos entendemos lo mismo.
            En general, es difícil encontrar un estudio que intente cierta rigurosidad sobre la problemática. A lo más, hay más de un abordaje periférico, por ejemplo desde la ética, pero nada que asuma la reflexión seria y rigurosa de la violencia como un problema de la realidad. En general, parece haberse reducido la violencia a un problema ético. Ahora bien, el problema de la reducción de la cuestión de la violencia a un tema ético, no es la ética en sí, sino su reduccion.
            Hay tres características generales de los estudios sobre la violencia realizados en los últimos quince o veinte años. Por un lado han tendido a ser cuantitativos y, por otro lado, han tendido a entender (o reducir) la violencia a delito; lo primero además, ha tendido a asumir lo segundo, si bien vale la pena distinguir ambas cosas. Y, por último, han tendido a suponer un modelo multicausal de la violencia[3].
            Para el primer caso, sin desvirtuar en nada lo galante de la dimensión cuantitativa de la realidad, se ha dado por supuesto, erróneo a mi modo de ver, que la posibilidad de dar cuenta cuantitativamente de la realidad implica mayor rigor. Los fractales y la recuperación de la geometría cuestionan esto. Lo cuantitativo no es mejor ni lo más exacto ni lo más real. Sí, ciertamente lo cualitativo es más complejo. Exacto: ese es el punto. La realidad es compleja.
            En segundo lugar, la violencia no debería reducirse a delito. He presenciado diversas discusiones al respecto. Pero ni todo violencia es delictiva (aun cuando podría desearse que fuese así), ni todo delito es violento, entendiendo al menos como delito aquello que la ley tipifica como tal. Pero esto, que puede ser evidente, no quedó evidenciado en la mayoría de los análisis. Típico es hablar de la violencia pero refiriéndose al delito; así, una manera específica de medir la violencia es por medio de la tasa de homicidios. Por supuesto, de alguna manera se debe o puede intentar medir la violencia, pero algo queda velado cuando lo delictivo se impone sobre la realidad de la violencia. Así, por ejemplo el siguiente argumento dominante: si la violencia se reduce al delito y los delincuentes por lo general son los pandilleros, entonces, los pandilleros son la causa de la violencia, exonerándonos a todos de la responsabilidad de la violencia y creando así un chivo expiatorio.
            Tercero, el discurso de la multicausalidad corresponde más bien a una manera culta de hablar de un fenómeno del que tenemos dificultades de entender y explicar. Una cosa muy distinta es postular que la violencia responde a diversos factores y que, por ejemplo, requiera un tratamiento multidisciplinario. De hecho, el denominado modelo ambientalista de la violencia supone la existencia de factores de riesgo; pero hay un salto mortal cuando se pasa a considerar estos factores como causas: simplemente se ha confundido la multidimensionalidad de la violencia con la multicausalidad y ésta con el carácter de complejidad.
            Efectivamente, es aceptable para el problema de la violencia, el carácter de complejidad, pero no en el sentido de intrincado, oscuro, difícil, inasible y caótico. A partir de algunos indicios que arroja la teoría del caos y los fractales, como una reflexión temeraria, me permito acercarme a este punto utilizando, por supuesto, referencias de las ciencias que han intentado asir el problema de la violencia, pero sin recurrir a la multicausalidad para evitar una reflexión rigurosa... o al menos intentarla.
            Como transición al acercamiento al caos  los fractales, recurro a Ockham. La Navaja del insigne franciscano, me parece puede ser un indicativo fértil de la necesidad del pensar y analizar adecuadamente y exige efectivamente que las explicaciones nunca deben multiplicar las causas sin necesidad (“pluritas non est ponenda sine necessitate”). De las “causas” se ha hablado de todas (ocio, crisis de valores, genes y raza, mal espíritu, etc.) y por casi todos (psicólogos, sociólogos, funcionarios gubernamentales y promotores sociales). La pluralidad expresa aquí la falta de una explicación y del esfuerzo por entender las cosas.
            Por ello, tiene sentido la teoría de J. Gilligan[4] puesto que más allá de la fuerza interpretativa y explicativa del fenómeno, nos permitiría el trazado de programas de acción que, si bien diversos (o al menos a los enfoques tradicionales) que muestran alguna esperanza de efectividad. Aunque no es este lugar de exposición de su teoría baste decir que, a parte de las notas ya dichas sobre las implicaciones de su teoría, es atractiva por dos razones:
            a. Asumiendo la complejidad del problema, postula una explicación sencilla (más no simple, por supuesto): la etiología de la violencia corresponde a la presencia de sentimientos abrumadores de humillación, colocando el problema de la violencia en la línea de interpretación de la condición existencial de la dignidad del ser humano. Ahí donde aparecen las condiciones de humillación, aparece la violencia.
            b. Pero además, es una teoría de principios subversivos, razón por la cual ha tendido a ser fácil, pero intencionadamente ignorada. En el conjunto de la interacción social existen mecanismos, personales, sociales y estructurales, que promueven la humillación. Así, la cultura machista, el ejercicio de poder (en el sentido de M. Foucault), la cultura punitiva y las estructuras económicas injustas promueven los mecanismos de la violencia. Así, es más simple intentar explicaciones en torno al ocio, las maras diabólicas y la crisis de valores, y así además, servir de velo ocultador a la verdadera etiología de la violencia[5].



[1]    Esto es sólo una apreciación general, pero por hacer una referencia cuatitativa, entre 1998 y 2009 en la Revista Realidad de la UCA hay sólo dos artículos sobre violencia (en el 2009 y en el 2003), sobre percepción en la prensa el primero y el segundo sobre ciudadanía y violencia. Aparecen otros artículos relacionados, pero son recensiones.
[2]    He aquí una frase impresionante: “una sociedad marginadora está creando el mejor almácigo para la violencia” (David Escobar Galindo, “Dos palabras” en Violencia en una Sociedad en transición, PNUD, San Salvador, 1998). El artículo (editorial) “La cultura de la violencia” (ECA, 1997, n. 588) nos recordó, para después ser olvidado, que la violencia ha estado presente “antes, durante y después” de la guerra civil frente a la percepción generalizada que la violencia es un fenómeno de la posguerra.
[3]    Los ejemplos son numerosos, pero por citar uno reciente, no académico, pero presumiendo de ello: Propuestas para el combate integral de la delincuencia en El Salvador, Cámara de Comercio, San Salvador, febrero de 2010.
[4]    Cf. J. Gilligan, Violence: reflections on a national epidemics, Vintage, New York, 1997 y del mismo autor, Preventing Violence, Thames and Hudson, New York, 2001
[5]    Tome el lector estos cuatro elementos (machismo, cultura punitiva, estructuras económicas injustas y ejercicio de poder) y puede entender por qué El Salvador es tan violento.